Me apeteces

Me apetece tenerte delante. Respirarte. Sentir las ganas que se generan cuando te tengo a unos metros de mí, sin poder tocarte. Notar el cosquilleo en mis labios, una palpitación en mi vagina, una humedad que se abre paso. Mirarte de soslayo, con intención lujuriosa. Guiñarte un ojo, insinuarme, a pesar de la incapacidad de llevar a cabo mis intenciones. Simplemente pensarte.

Me apetece encontrarte de casualidad y tener un calentón espontáneo. Cogerte de la mano, rápido, llevarte hasta un rincón escondido y besarte como si no hubiera un mañana. Meterte mano, colocar mis dedos rodeando tu entrepierna y acariciarte. Notar cómo creces, tu respiración acelerada, unos ojos ávidos de lujuria. No frenar en mis caricias y deslizarme por dentro de tus pantalones de chándal. Acariciar la longitud de tu polla por debajo de la ropa sin retirar mi boca de la tuya. Recorrer tu cuerpo mientras me separo de tus labios sin perderte de vista. Tirar del pantalón y dejarte al descubierto, tan duro, tan mojado. Lamer tímidamente la punta, dar golpecitos con la lengua, acariciarte con mis labios. Presionar el glande despacio, soltar, lamer. Dejar que entres, succionar, saborearte a fondo. Agarrarte del culo para indicarte que folles mi boca, sujetarte con mis garras, conseguir que te pierdas. Tragar toda tu leche, dejando que se escape un poco. Enseñártela y relamerme luego.

Me apetece cabalgarte sin pausa en el asiento trasero del coche, totalmente desnudos, aparcados en un sitio público. No frenar mis ansias a pesar de que escuchemos ruidos. Dejar que miren cómo nos lo montamos, follando como salvajes, aunque se pajeen con nuestros actos.  Humedecerme, sudar. Mover mi culo arriba y abajo, sentirte, correrme contigo. Verte la cara mientras me invade tu leche. Y no separarme en un buen rato, me encantan estos momentos. Levantarme y notar cómo tu semen se resbala de mi coño y aterriza en ti. Pasar la mano y saborearlo. Lanzar un beso a nuestro espectador y descansar un rato a tu lado.

Me apetece follar lento. Jugar contigo. Recostarte en una cama y untarte de aceite para que mis manos resbalen. Notar la suavidad de tu piel, recorrer cada centímetro con mis dedos. No pienso tocarte dónde estás deseando, quiero encender tus ganas. Me subo encima tuya y restriego mis tetas desde abajo. Dejo que lamas mi pezón, abras mucho la boca, mames de mis pechos. Resbala tanto que casi noto cómo quieres entrar en mi coñito. Me muevo un poco, froto mis labios contra tu polla dura, te doy un masaje con ellos. Me levanto, meto la punta, la saco. Vuelvo a masajear, vuelvo a meter, entra de repente, muevo mi cadera y vuelve a salir. Nos deslizamos, resbala mucho, se siente a gusto.

«¿Me tienes ganas ahora?»

Te follo lento, muevo mi culo para entrar mejor, te noto dentro…

Me apetece sentir tus embestidas en cualquier lugar. Sea donde sea y como sea, mientras seas tú. Dámelo todo. Sin tregua.

Capítulo 3. El jefe.

Y llegó la pandemia. La era covid.

Ya por entonces, había decidido que tenía que marcharme de casa. Me puse fecha: la semana anterior a semana santa tendría que estar fuera. Pero el gobierno decidió confinarnos el 13 de marzo. Tuve que aprender a convivir 24 horas con alguien a quien ya no quería ver y el cual me hacía la vida imposible, y no había escapatoria. Ni trabajo, ni sexo, como terapia.

Él se convirtió en algo así como mi amigo confidente. Habíamos pasado un largo encierro pandémico sin tocarnos. De vez en cuando, nos enviábamos vídeos masturbándonos, o hacíamos alguna vídeollamada. En ocasiones se me daba por contarle cómo me sentía o lo que había hecho durante el día. Pasaba el tiempo y las ganas de sentirlo crecían exponencialmente.

Mi marido dormía hasta mediodía y mi hija solía hacer deberes o alguna que otra actividad manual. Yo intentaba estar ocupada, pero me levantaba cachonda y me dormía mucho más caliente. Los momentos de alivio eran pocos: en la ducha o cuando hacía escapadas a mi local con el fin de recoger facturas. Nadie me tocó en esos tres meses. Mi celibato forzoso seguía en pié.

En ese tiempo, propuse una especie de intercambio: él me hacía algo con sus manos (son de oro, en todos los sentidos) y yo algo con las mías. Sólo tenía que madrugar un poco para estar sola. Encendía el portátil y visualizaba los vídeos grabados por nosotros. Su polla gruesa entrando en mi coñito, una y otra vez. En mi boca, devorando con ansias. Encima, debajo, detrás. Los deliciosos recuerdos pasaron a ser fuente de inspiración para unos dibujos. Hice una serie de fotos y me autoretraté en pleno momento de onanismo. Cuando volvimos a vernos, me entregó la caja más bonita que tengo, pero mis dibujos siguen escondidos en una carpeta, en el almacén, bajo unas cajas para evitar ser vistos. El deseo seguía intacto, tuve orgasmos muy intensos y consecutivos.

Llegó el verano, y se complicó el poder vernos. Mi mes de julio fue intenso de trabajo.

A mediados de agosto, mis amigas plantearon una pequeña escapada a la ciudad donde vivía él. Era fin de semana, y el domingo muy temprano decidimos que íbamos a tocarnos, después de semanas sin hacerlo. ¡Qué ganas le tenía! Lo necesitaba más que nunca. El sexo tiene ciertas propiedades terapéuticas, consigue que te olvides de todo durante un tiempo. A mí me ayudó a empoderarme, a verme mejor, la infidelidad me cambió la vida. Hoy día, no me arrepiento de nada. Fue una suerte haberle conocido. No tengo demasiada experiencia pero creo que con él todo funcionaba bien. Y sigue siendo increíble.

Era el mes de vacaciones se su encargado y él se quedó cubriendo el puesto, lo cual me lanzó a fantasear con la idea de follarme al jefe. Hay ciertas situaciones en las que el poder resulta excitante. Comencé a tratarle de usted y a imaginarnos situaciones picantes en las que el el jefe me premiaba por mi buena actitud (es algo que da mucho juego). Estaba deseando follarle en su oficina, a plena luz del día, me encantan las situaciones de riesgo y me da mucho morbo. Lugares públicos e insospechados donde dar rienda suelta al deseo intentando no ser vistos.

Llegó el domingo y me estaba esperando en el portal del piso de Air BNB en el que me alojaba con mis amigas, un cuarto de hora antes de lo acordado. El día anterior no podía sacármelo del pensamiento. Cada rincón que visitaba era objeto de pensamientos obscenos. «En esa fuente follaríamos con muchas ganas, lo tumbaría en esa mesa de piedra y me lo comería hasta que su polla explotase de placer en mi boca …». Así estaba mi cabeza. Apuré mi café y bajé rápidamente a encontrarme con «mi jefe». Qué delicia de hombre, es verlo a metros y mojarme. Mi cerebro (y mi coño) ya se estaban anticipando a lo que ocurriría a continuación. La señorita S tenía ganas de complacer a su señor.

Estaba en actitud dominante en esa ocasión. No es que me guste que me dominen siempre, me gusta el cambio de rol. Cuando me preguntan por ello, no sé qué responder. No es algo concreto, es dejarse llevar por el momento. Hacer lo que nos pida el cuerpo. Follar cómo sea y donde sea, la cuestión no es la actitud o una posición. Eso, en nuestro caso, viene dado por la persona. La clave está en ser creativos, y el sexo inspira. No podría negarme a ninguna de sus propuestas y él tampoco se ha negado nunca a mis disparates.

Llegamos a «su oficina». Cerró la puerta y sólo recuerdo sensaciones: sus labios, su lengua, su calor, su polla dura. Esa mirada oscura en los ojos más bonitos, sus dedos jugando dentro de mis bragas. Todo pasó tan rápido, había tantas ganas… De rodillas, saboreé su polla con devoción. Me dio la vuelta y me folló con ganas, duro, salvaje, como una fiera. Mi coño llevaba semanas deseando ese momento. La primera vez que entra en mí es un acto sublime, se resbala y ya se sabe el camino, sólo hay uno: placer, y, a pesar de todo, es muy fácil perderse. Yo lo hago. Siento, huelo, saboreo, toco, veo, todos los sentidos están enfocados en ese momento. Me dejo llevar a un mundo aparte en el que sólo se permite el placer, el que él me da.

Quiero que me folle en la mesa, y nos dirigimos a ella. Me lame, me devora, me encanta sentir su lengua jugando en mi clítoris.

Allí estirada sobre la mesa, empieza a follarme. Estoy cerca del orgasmo, puedo notarlo. Grabamos ese momento, cuando, de espaldas a él, levanto una pierna y la apoyo sobre la mesa mientras él no para de penetrarme. Qué delicia… No puedo frenarlo, es como un impulso eléctrico que recorre mi cuerpo, es muy intenso. Intento no gemir (la oficina está pegada a unas casas) pero me está resultando complicado. Quiero que me llene con su leche, que no pare, lo quiero todo. Noto los chorros de su leche caliente invadiendo mi coño, es un contraste delicioso. Se separa y un pequeño reguero de semen se escurre por mi pierna.

No hay tiempo para más, pero quiero otro, tengo más ganas de él, no me canso de follármelo. Y consigo que se corra en mi boca.

De vuelta en el piso, mis amigas siguen dormidas. Se piensan que quedé con unos amigos para ir a desayunar juntos. No se fijaron en que mi buen humor habitual era mucho mejor que el día anterior.

Ya de vuelta en casa, recojo a mi hija en casa de la abuela y vuelvo a «mi cárcel». Lo bueno siempre dura poco. Pero no tardaría en cambiar la situación.

El autobús

Era temprano, las 6:30 de la mañana de un miércoles cualquiera. Me encaminaba a la parada del autobús que estaba situada a 50 m de mi casa, como hacía todos los días. No entraba a trabajar hasta las 9:00 y llegaría enseguida a mi destino, pero me gustaba tener algo de tiempo para despejar la cabeza antes de comenzar mi jornada: leer la prensa local y tomar un buen café, sin prisas.

Habitualmente, viajaba sola en el bus hasta la cuarta parada desde el punto de salida. Pero ese día, se interrumpió el ciclo y un hombre se subió antes. Iba absorta en mi lectura (me encanta leer durante el viaje) y no me di cuenta de que había fijado su objetivo en mí hasta que se sentó a mi lado.

Un aroma embriagador invadió mis fosas nasales. Era un perfume masculino, fresco, pero al mismo tiempo, delicado, limpio. Pensé: «Ummm, huele a tío bueno…» Y bien que lo estaba: 30 y tantos, metro noventa, fibroso, moreno…

«¿Qué estás leyendo que te mantiene tan entretenida? No levantas la cabeza de la página».

No me gusta hablar con extraños, me siento incómoda. Soy una chica sociable pero tímida, y nadie nos había presentado.

«Novela negra. La última ganadora del premio Planeta. Estoy en un punto muy interesante. No puedo parar de leer».

Le miro a la cara y me sonríe. Hay algo en ese gesto que me perturba. Tiene unas facciones casi perfectas, con una pequeña cicatriz en el pómulo y un lunar en la barbilla. Es terriblemente atractivo. Empiezo a acalorarme y él lo nota.

«No debes de estar acostumbrada a que te digan cumplidos, pero creo que la situación me está pareciendo divertida. Cuando entré, me pareciste una mujer peculiar, ajena a todo. Me gustan las mujeres diferentes. Y sobretodo, me excitan las chicas tímidas».

No supe qué responderle. El bus ya se había ido llenando de gente. Y a él no parecía incomodarle.

Mi parada era la última de la línea. Y él seguía a mi lado a medida que la gente se iba bajando.

Una mano rozó mi pierna y pude sentir su aliento en mi nuca. Levanté la cabeza del libro con expresión de asombro.

«Qué bien hueles. A mujer follable, a limpio y húmedo, a miel del paraíso. Me encanta esa carita de niña que tienes, y me pone mucho que te pongas colorada. Ahora puedo sentir tu excitación, no lo niegues».

Emite un gruñido cerca de mi oído y su mano gira hacia dentro. Puedo notar sus dedos que se abren por la zona interna de mi rodilla. Abre la mano y la cierra alternativamente, mientras sigue ascendiendo. Cerca de mi entrepierna se detiene, extiende los dedos y roza mi coño por encima de los panties. Ése día llevo un vestido corto con estampado de flores, algo más invernal. Apreta un poco dentro de mi raja, y se mueve a lo largo. No puedo moverme. Estoy impactada. Apreta un poco más…

Me coge la mano y muy suavemente la lleva a su entrepierna. Noto la erección bajo el pantalón: ¡Menuda polla! Aquello tiene un tamaño descomunal, gruesa y larga. Me quedo sin respiración del asombro.

No para en sus tocamientos, a pesar de que en el bus sigue habiendo gente. En ese momento, me estaba apretando el clítoris y estaba tan empapada, que mis fluidos atravesaron los panties.

Última parada. El conductor del autobús baja hasta una cafetería a unos metros, donde suelo ir todas las mañanas. Me bajo con mi acosador y me quedo totalmente sola, inmóvil, no sé qué hacer…

Cogen mi mano y, de un empujón, me pone contra el lateral del autobús. Es una zona solitaria, todavía está amaneciendo. Mis brazos están aprisionados contra un cuerpo masculino, me está sujetando. No quiero pararle, me gusta lo que estoy sintiendo.

«Mira cómo me has puesto…»

Roza su polla contra mi culo a través de la ropa. Jadea, se mueve, me empuja con movimientos de su pelvis.

Le digo: «Hazlo. Hace tiempo que no me follan como es debido».

Con una rabia inaudita, tira de mis panties y les abre un agujero. Mete sus dedos en mi coño hambriento y me penetra con ellos. Los mueve rítmicamente, es todo un experto. Los saca, se los lame.

«Qué bien sabes…».

Noto cómo se desabrocha los botones de los vaqueros y saca su armamento. Me empuja con ella a través de las bragas. Presiona un poco, busca la zona de entrada.

«¿La quieres dentro?»

«Umgh… Si…».

Con un rápido movimiento, aparta mis bragas y mete su polla sin piedad. Me folla salvajemente, sigue gruñendo, me dice que soy un pescadito bueno, que él tiene un buen anzuelo y que he picado… Me folla como si no hubiese un mañana, me golpea contra el lateral del autobús y puedo escuchar su piel contra mi piel. Plas, plas. Sus testículos rebotan contra mi culo, no tiene freno. Y yo tampoco. Creo que me voy a correr con un desconocido. No puedo tocarle, ni besarle, me tiene aprisionada. Pero me gusta.

«Me voy a correr…»

Justo cuando termino, me llena con su semen. Pedazo corrida…

Se separa, se abrocha y me suelta. Se marcha sin despedirse. Y ahí me quedo, totalmente regada con su leche resbalando por el interior de mi pierna.

Hoy iré al trabajo bien follada.

Capítulo 2. Imágenes.

El tiempo pasa. Y muy rápido. Por entonces, solíamos quedar una vez al mes o cada tres semanas, aproximadamente, haciendo una pausa más larga en verano.

Nos habíamos recorrido unos 4 moteles y cada encuentro era mejor que el anterior. Es mi «enemigo perfecto»: igual de caliente que yo, y siempre dispuesto a probar nuevas experiencias.

El primer vídeo lo grabamos a los pocos meses.

Cuando estaba casada, y mi relación era normal, solía enviarle fotos y vídeos subidos de tono a mi marido, sobretodo cuando le tocaba trabajar un domingo de mañana. Me gustaba alegrarle la jornada y sabía que en ese turno apenas tenía compañeros. Primero, iba la foto, frente al espejo del baño. Me quitaba la parte de arriba del pijama. El pantalón. Mis pechos se enfriaban y mostraban unos pezones duros, listos para ser saboreados. Dejaba caer mis braguitas, y mi dedo corazón señalaba el camino hacia mi entrepierna. Luego, iba el vídeo. Me agarraba un pecho, me daba una palmada en el culo, le ponía cara lasciva… «Dame más», me pedía. Comenzaba a masturbarme para él, primero con mis manos. Luego, con mi rabbit vibrador de Lelo, una marca de juguetería erótica de lujo. Él mismo me lo había regalado, cuando quisimos empezar a ponerle un toque más picante a nuestra relación. Me lo metía y le enseñaba mis fluidos, cada vez estaba más mojada. Y cuando estaba a punto, paraba y le decía: «Continuará cuando llegues a casa». Lo que venía después era un hombre asalvajado y deseoso de follarme hasta acabar corriéndose dentro de mí.

Con él, era diferente. Una, porque su nivel de deseo es mayor y otra, porque folla como los dioses… Además de que está mil veces más bueno, no lo voy a negar. Y con él puedo repetir, hace que encadene orgasmos deliciosos y me lleva a otra dimensión. Es verlo delante de mí y perderme, sólo quiero tenerlo dentro, sea por el orificio que sea. Y lo mejor: no me niega nada. Toda ocurrencia mía, por disparatada que sea, se convierte en realidad.

El primer vídeo fue en un motel. Todavía puedo verlo hoy en mi portátil, protegido con varias claves. Después, vinieron otros. Uno en el que aparezco con un sujetador de baile lleno de monedas y algún cascabel que sonaba con cada embestida. Lo suyo es un sexo salvaje, instintivo, pero al mismo tiempo suave, generoso.

Cada vídeo era más excitante que el anterior. Y hoy en día seguimos grabando nuestras escenas. Aunque hay ocasiones en las que el deseo es tal, que no me deja pensar en nada más que en ese paraíso que lleva dentro. Follar con él es un acto sublime.

Esos vídeos sirvieron de inspiración para una serie de dibujos. Y, en la cuarentena, sirvieron para aumentar mi nivel de deseo por él. No nos podíamos tocar, pero si ver, y las videollamadas masturbándonos ayudaban a hacer que la espera fuese más llevadera. Me encanta verlo excitado, con esa mirada oscura, que sólo piensa en una cosa…

Eché tanto de menos su sabor, su tacto, sus besos, su lengua, sus dedos, su polla…

Recuerdo también una serie de fotos y un par de vídeos de un día de verano, en mi almacén. Se corrió tres veces: una, en mi coño. Otra, en mi culo. Y otra, en mi boca. El vídeo de la corrida en mi culo era inspirador, es un orgasmo tan intenso… Con él perdí la virginidad anal. Aún puedo sentir su leche derramándose en el suelo y el calor recorriendo la apertura del ano. Recuerdo atarlo a una silla y chupársela con ganas. Sacar una ráfaga de fotos y ver cómo cambia su expresión. Agarrarle de las piernas y succionar su glande…

Continuará…

El vestuario

Hace años, pasé por una situación curiosa en un gimnasio.

Era un martes de mañana, y teníamos clase de Zumba. Odio la música que ponen en esa actividad, pero me encanta bailar. Me gusta tanto, que consigue que desconecte de todo. Y en ese momento de mi vida, mi realidad era muy dura.

A nivel físico, me sentía pletórica. Me sentía sexy. Había adelgazado, me había apuntado a varias actividades (entre ellas, danza del vientre) y estaba consiguiendo explotar al máximo mi cuerpo. Y, sin embargo, en mi casa no me tocaban. Dada la situación, estaba más salida que una gata en celo.

Ése día salí tan agotada de la clase, que fui en dirección equivocada: en lugar de acabar en el vestuario femenino, acabé en el masculino. Y lo que vi cuando levanté la cabeza, era pura poesía: unos cuantos pares de piernas masculinas, musculosas, con esos gemelos anchos… Ay, cómo me ponen.  Es otra parte de su anatomía que me atrae muchísimo. Mientras no sean dos palos escuálidos, me encantan. Verlas y tocarlas.

Pedí perdón, y me fui de allí cabizbaja. Y esto fue el germen para una nueva fantasía.

En el vestuario sólo estaban ellos dos. Dos cuerpos sudorosos después del esfuerzo realizado sobre las máquinas. Dos torsos fibrosos por los cuales resbalaban pequeñas gotas de humedad condensada proveniente de sí mismos.

Me sentí abrumada. Sólo tapados por una toalla, me observaban con expresión curiosa.

«¿Qué haces aquí, morenita?»

«Perdón, me debí confundir. Quería ir al vestuario femenino, no llevo gafas. Ya me marcho.»

«¿Seguro que quieres marcharte, bombón?¿Por qué no te quedas?»

En el fondo, lo deseaba. Pero no estaba bien. No tenía que estar allí. Hice ademán de marcharme pero uno de ellos, el moreno, me bloqueó el paso. Con el dorso de su mano me acarició la cara y me observó con expresión lasciva. Se relamió y cogió mi mano derecha, que en ese momento colgaba inerte. Era incapaz de moverme, sentía una mezcla de terror y excitación. Suavemente, dirigió mi mano hacia el interior de su toalla, por debajo de su cintura. Su miembro empezaba a endurecerse. Y mi respiración, se agitaba al tiempo que se ponía más duro.

«Me parece que no te vas a marchar ahora…»

Su compañero, de pelo castaño, se adelantó para bloquear la puerta. Era casi última hora y sólo quedaban ellos en el gimnasio. Ellos y yo.

Se notaba que estaban acostumbrados a este tipo de juegos. Con ese físico espectacular, podrían atraer a cualquier mujer. Y yo era una presa fácil: tan sola, con una apariencia inocente, de no haber roto un plato en su vida.

Mientras el moreno guiaba mi mano a lo largo de su polla, de un tamaño considerable, el de pelo castaño se colocó a mi espalda. Noté cómo dejaba caer su toalla al suelo y comenzó a rozarse contra mi culo. Él también se estaba poniendo cachondo.

Yo no sabía qué hacer. Por un lado, quería huir. Y por el otro, me apetecía muchísimo que me poseyeran. Para mí sería algo nuevo. Y toda novedad me parece excitante.

Mis mallas eran muy finas y podía notarlo todo. Mi boca, entreabierta, denotaba mi nivel de excitación. Me estaba humedeciendo y ellos lo sabían.

«Uy, pequeña, me parece que hace tiempo que no te toca un hombre de verdad.»

Su lengua empezó a abrirse paso entre mis labios y me dejé llevar. A mi espalda, dos manos pugnaban por abrir camino entre mis piernas, tirando del elástico hacia abajo. Mis braguitas quedaron al descubierto, y me dio vergüenza. Rosas, de algodón, tan inocentes.

«¡Pero si llevas bragas de niñita! Qué bien nos lo vamos a pasar contigo, muñeca.»

Un dedo me rozó la hendidura existente entre los dos labios. Apretó la presión y frotó a lo largo, con ganas. Estaba mojando las bragas y le gustó lo que notó. Con un movimiento audaz, las apartó a un lado e introdujo un dedo. Jugó haciendo círculos y presionó un poco mi clítoris. Sabía lo que hacía. Una vez localizado, comenzó a dar pequeños golpes rítmicos. No pude evitar emitir un gemido. Mientras, el que estaba delante mía se había descubierto por completo y no soltaba mi mano, masturbándose sin freno. Con la otra mano que le quedaba libre, presionaba uno de mis pechos, endureciendo mis pezones.

Estaba atrapada entre dos rocas calientes, que no iban a permitir que me escapase de allí sin quedar bien saciada.

Una lengua recorrió mi cuello, y sentí una presión contra mi bajo abdomen. Las manos de la espalda me despojaron de mis bragas. Las de delante, de mi camiseta, tirando del top deportivo al mismo tiempo y dejando al descubierto mis pechos. Estaba completamente desnuda.

La lengua se desliza más allá del cuello y se detiene en un pezón que relame y chupa con ansia. Mientras, a mi espalda, la punta del glande juguetea con mi raja mientras un dedo se abre camino por mi culo, previamente lubricado con su saliva. Lo mueve, lo mete, lo saca. Me gusta.

El de atrás cambia su dirección y empieza a apuntar hacia mi culo todavía virgen. El líquido preseminal se nota en mis nalgas, y se quiere abrir paso. La polla delantera se posiciona entre la apertura de mi coño y empuja muy despacio.

Mis ojos se abren y no puedo evitar transmitir una expresión de asombro. Es una polla ancha, me llena por completo. Estoy tan mojada que entra sola, sin empujar. Sabe su camino.

La polla de la espalda consigue penetrar mi culo. De repente, me siento llena, en total plenitud. Mientras el de atrás me agarra del cuello, el de delante me come la boca. Consiguen empujar al mismo tiempo y la meten, la sacan. Dentro, fuera, más dentro.

«Ugh…»

«¿Te gusta, nena?»

«Si…»

Estoy muy colorada. Nunca me habían penetrado dos hombres y era una sensación extraña. Pero también, deliciosa. No tardaré mucho en sentir el orgasmo. Gimo, me cae una lágrima que resbala por mi pómulo derecho. Estoy sintiendo mucho placer.

El de atrás acelera.

«¡Joder, qué culo tienes, nena! Cómo me gusta follarme culos vírgenes. Voy a dejar bien llenita, ¿sabes? Vas a recibir mi leche al completo.»

Me da un par de palmadas bien fuertes y sigue empujando. Ya no puede frenar.

El de delante cambia la expresión. Su mirada se vuelve más oscura y no es capaz de dejar de mirarme a los ojos. Le da duro, sin freno. No hay tiempo.

Noto como se tensa una polla por detrás y, en cuestión de segundos, la de delante. Gritó como una perra. Voy a correrme. Me abandono a mí placer y empiezo a notar cómo un chorro hirviendo entra por mi culo. Y otro, por mi coño. Gritan conmigo. Me sujetan, me tiemblan las piernas, no consigo mantenerme en pié. Terminan de darme las últimas estocadas y se separan lentamente. Me dejan allí en el suelo mientras se visten. Estoy llena de su semen,por delante y por detrás. Soy incapaz de moverme. Qué me han hecho… Es delicioso, pero demasiado intenso.

El moreno se agacha y me dice al oído:

«Cuando quieras, repetimos. Nos vemos el próximo martes. Tú decides».

Deseo

Deseo volver a tener una noche de pasión. Sentir el placer de darlo todo sin prisas, a pesar de que me encanta la locura de los encuentros furtivos. Deseo despertar en mitad del sueño y ver a mi amante, observar su respiración, su sueño relajado. Poder acariciar su cara mientras duerme y demostrarle lo mucho que me pone. Deslizar una mano desde sus labios, besarlos despacio, notar su aliento. Sentir su pecho, mi mano se abre abarcándolo todo. Llegar a la cintura, destapar un poco y jugar con su ombligo. Mi mano recorre la cinturilla elástica de unos boxer de algodón, suaves y finos, para poder sentir mejor ese tesoro que retienen. Deseo darle libertad a esa polla que se endurece con mis caricias por encima de la tela.

Mi boca tiene sed de él. De sus labios, de su lengua. De su sexo.

Mi rostro se aproxima a su cuello, desde su boca. Ansío devorar cada uno de sus rincones, disfrutar de ese cuerpo que tantas posibilidades tiene.

Baja hasta el pecho y sigue besando su anatomía. Me encanta el olor a hombre en plena noche tras un breve descanso. Aspiro esa esencia mientras me acerco a la cintura, donde mi mano sigue jugando.

Me recoloco, mi lengua acaricia su entrepierna. Deslizo esa goma que retiene a mí fuente de placer, muy lentamente. El miembro erecto trata de escaparse de su prisión, tiene ansias de mi lengua….y mi lengua de él.

No quiero que se mueva, quiero gozar de esa delicia que tiene entre las piernas. La lengua juguetea con el glande, lo recorre en todo su diámetro. Lo besa, lo chupa, lo necesita…

El deseo crece, es irrefrenable. Mi boca se folla lentamente a ese ser tan irresistible. Se retuerce de placer y se le escapa un gemido.

«Joder, qué boquita tienes…Así, nena. Sigue. Chúpala entera…»

No quiero parar, pero mi sexo húmedo quiere un poco de su esencia.

Paro, me incorporo, trepo hasta su boca, me siento en ella.

«¡Lámeme! Cómeme con ganas…»

Mis caderas se mueven ligeramente con cada lametón. Mis manos agarran su pelo, no quiero que pare. Me gusta demasiado, estoy muy caliente. Empiezo a sentir un pequeño temblor, una sensación deliciosa. Sin freno, el orgasmo es inminente. Crece, se apodera de mí. Un chorro sale de mi coño y lo inunda todo. Moja su cara, sus labios, pero no puedo pararlo. Me estoy corriendo con su boca. Me quedo temblando…

Pero quiero más, quiero su polla dentro de mí.

«Fóllame. Quiero más de ti… No me aburriría nunca de sentirte».

Me gira, me pone a cuatro patas y me folla duro. Fuerte. Salvaje. Está muy excitado y el squirt que acaba de recibir no ha hecho más que aumentar su deseo.

«¿Quieres mi lechita en tu coño?»

«Quiero que me llenes….».

No puedo evitarlo, cuanto más cachondo está él, más me pongo yo. Un segundo orgasmo se avecina, quiere recibirlo. Ufffff. Oleadas de placer me invaden, notan cómo se tensa, su respiración se agita, gime… Me llena de ese líquido maravilloso y caliente que rebosa por fuera mientras me corro con él.

Siempre me deja satisfecha…

Nos duchamos, limpiarnos todo, cambiamos las sábanas y retomamos un merecido descanso.

Sabe que, por la mañana, volveré a reclamarle. No me cansaré nunca de poseerlo.

No sólo se vive de recuerdos

Llueve en Galicia. Estamos inmersos en una ciclogénesis y se me ha dado por ponerme melancólica y recordar cosas del pasado. Intento no remover los cimientos, pero, en ocasiones, es inevitable.

Me he trasladado al verano del 2013. Hacía calor y decidimos ir a pasar la mañana a la playa, en familia. Por las tardes, en pleno domingo, no hay apenas hueco para poner la toalla y mi marido odia los tumultos.

Vivo en la ciudad más grande de Galicia y apenas tenemos playas. O si tenemos, pero es tal el abarrotamiento a base de turistas y veraneantes de localidades cercanas, que apenas dejan espacio.

Y por esa razón apenas pisaba la playa. Mi piel es de un blanco nuclear y, por entonces, llegaba a una palidez enfermiza.

La jornada transcurrió normal. Qué si juegos en la arena, un baño rápido, búsqueda de cantos rodados… Imposible descansar un poco en la arena cuando tienes una niña demasiado activa y dispersa.

Ése día decidimos dejar a la niña con mi suegra, después de volver de la playa. Más tarde, la recogeríamos, ya llegada la noche.

Pero ocurrió una situación curiosa. Cuando él se estaba cambiando, se dio cuenta de que le había metido en la bolsa un bañador que le quedaba pequeño. Era un hombre obeso, pero a mí me seguía resultando atractivo. Cerraba con un cordel cruzado y no había modo de cerrarlo. Lo más, dejaba entrever el vello púbico…y la cresta ilíaca. Para mí, la parte más sensual de la anatomía masculina. Es como un camino al placer, ambos surcos confluyen en lo más interesante… Resumiendo: me vuelve loca. Me enciende. Él apenas tenía vello en esa zona y era perfectamente visible.

Se lo comenté:

«Cariño, estás poniéndome burra con ese mini bañador…¿y si te lo bajas un poquito para mí en casa?»

Claro. Tenía que ser en nuestro hogar. Las aventuras y los juegos al exterior, con todo el riesgo y diversión que ello implica, se habían quedado en el pasado. Seguíamos siendo activos, aunque iba a menos. Pero ese día, tenía ganas. Ganas de verdad. E iba a hacer lo posible por conseguir mi objetivo.

Dejamos a nuestra pequeña en casa de la abuela y ya de camino a casa, empezaron los tocamientos. Su mano se escurre bajo mi vestido playero desde el asiento de al lado. A cada parada, profundizaba un poco más. Con una sola mano, consigue apartar la braguita de mi bikini y nota mi sexo húmedo.

«Sigue, me está gustando…»

Comienza a jugar con el clítoris con el coche en marcha. Y al llegar al garaje del edificio, me suplica que le haga una mamada. Cabe decir que admitía que era muy buena con la boca.

«Anda, sal del coche o acabaré follándote en el trastero».

Al subir en el ascensor, me arrincona por la espalda y comienza a frotar su erección contra mi culo. «

«¿Esto es lo que quieres?»

«Eso es lo que deseo…»

Empezaba a bajarme la braga cuando el ascensor se detiene. Nos recomponemos como podemos y, al salir, saludamos al vecino de al lado.

Ya cerrada la puerta, me da la vuelta, me empuja contra ella y me baja las bragas con violencia. Comprueba con las manos que estoy lo suficientemente húmeda y, sin dudarlo, saca su polla y me la mete sin piedad. Una embestida. Dura. Dos. Se queda quieto. Tres. Y ya no es capaz de parar.

La puerta se golpea con cada embestida. Pero ya no es capaz de frenar.

«¿No era esto lo que querías?»

«¡Siiii, no pares!Ya no aguanto más, voy a correrme…»

Unos segundos después, se corre él dentro. Noto como su polla se tensa y abandona su semen en mi coño palpitante. Al apartarse, se cae un chorro al suelo. Y ahí me deja, satisfecha, pero con una sensación de soledad que crecería con el tiempo.

Capítulo 1. El parque

Llevábamos hablando casi un par de meses por el chat de una aplicación, después de habernos conocido en una web de contactos para infieles. Y un buen día, decidimos que era hora de conocernos cara a cara.

Si, infiel. Para mí, era un mundo desconocido. No me lo habría planteado si no estuviese en un caso desesperado. Mi marido, además de no satisfacerme sexualmente, me estaba maltratando a nivel psicológico. Me hacía pasar por situaciones extremas y desagradables, y necesitaba una vía de escape.

Nunca había estado con otro hombre. No es por mi físico, aunque no me considero un monumento, tengo un rostro dulce y me gusta lo que veo en el espejo.  Soy muy pálida, no tengo un cuerpazo, soy rellenita, pero mis kilos de más no son un obstáculo a la hora de disfrutar de mi cuerpo. Se podría decir que atraía a los hombres, solía ligar por la noche, pero nunca caí en la tentación de irme con otro. En el instituto había tenido varios pretendientes, y me encantaba juguetear con ellos. Pero me comprometí muy pronto.

Era casi verano, a mediados-finales de junio. O principios de julio. No recuerdo la fecha exacta pero si los hechos.

Hacía calor, era primera hora de la mañana y el punto de encuentro era en los jardines monumentales del parque más grande de mi ciudad. Por ahí paseaba cuando era una niña, huelen a tierra mojada y a flores. Son el sitio perfecto para estar fresco si la temperatura está elevada. Y ese día no era sólo por el clima, la excitación por lo que iba a ocurrir subía mi temperatura interna.

Días antes, había planeado un juego para encontrarnos. Mi idea inicial era diferente, pero ese día decidí que iba a emplear mi colección de pulseras de la India para hacer una «búsqueda del tesoro». Me puse una falda de seda fucsia con mucho vuelo y un top negro escotado para la ocasión.

Entré por las puertas de los jardines del pazo y seguí en línea recta por la derecha. Me aseguré de que no había gente (era un día de semana a primera hora y todavía no era temporada alta), y dejé mi primera pulsera en una mesa circular de piedra. Avancé sin desviarme hasta un banco de madera, y allí dejé la segunda. Un poco más adelante, sobre una roca plana, quedó la tercera. Otro monolito de roca, un banco y alguna piedra más serían los soportes de mis «anzuelos», indicarían el camino hacia mi escondite.

Le escribí en cuanto entré por el parque e iba enviándole fotografías de los puntos donde dejaba las pulseras. Él ya estaba aparcado en el exterior de los jardines y esperaba a avanzar en cuanto se lo indicase.

Llegué a una zona al fondo de los jardines llamada «el bosquete», pasando una primitiva pista de tenis del siglo XIX, y parando en una piscina de piedra antigua, vacía. Allí había árboles lo suficientemente anchos para esconderme detrás y perfectos para mi «plan».

Uffff, ya estaba muy nerviosa y empezaba a notarme húmeda. Sentía una mezcla de excitación y diversión. Era toda una fantasía a punto de cumplirse, una de muchas del listado que llevaba elaborando años atrás…

«Ya estoy. Entra. Al final del camino, estaré yo».

Recuerdo que iba cogiendo las pulseras y me enviaba fotos de sus manos, grandes y fuertes, como a mí me gustan en un hombre. Qué calor sentía…

Fue todo muy rápido. De repente, lo veo aproximarse al árbol. Ahí estaba él, después de casi dos meses excitándonos a distancia. Era mucho más guapo en persona, ya me gustaba en foto, o en vídeo, pero cara a cara ganaba muchísimo. Y esos ojos… Fue verlos, y entrar en otro mundo. Hay personas que no necesitan pronunciar una palabra para comunicarse, basta con su mirada. Y en él, veía fuego. Quiso darme un beso y tuve que frenarlo, mirarlo directamente a los ojos, y luego besarlo. Con ganas. Y ahí me perdí, fue como un hechizo. La primera vez en mi vida que sentía una conexión así. Sólo pensaba en arrancarle la ropa y disfrutar de su cuerpo.

«Qué ojos tan bonitos tienes…».

Su lengua se abría paso entre mis labios, pero de un modo delicado. Antes, su mano había acariciado mi cara para acercarme a él. Hacía tanto tiempo que no recibía una caricia de ese tipo que me pareció increíble. Aún puedo sentir su tacto. El de esa caricia y el de todas las que vinieron a continuación. Al igual que recuerdo las palmadas fuertes y sonoras que tanto me excitan y que siempre le pido.

Nos comíamos la boca con avidez. Empecé a excitarme más y más, las ganas de tenerlo dentro eran casi insoportables. Estaba tan mojada que podía notar cómo mis braguitas de algodón cogían peso.

Con sus manos, y un poco de ayuda (la falda tenía tanto vuelo que se hacía incómoda), empezó a juguetear con sus dedos en mi coño húmedo. El roce con mi clítoris hizo que sintiese un pequeño espasmo.

«Ummmmm…un coñito…»

Se agachó ante mis pies y, con su boca, me hizo sentir un placer que no sentía desde hacía muchos años. Para mí, eso es entrega. Es preocuparse del placer del otro, y ya no estaba acostumbrada a que me prestaran ese tipo de atenciones. Qué delicia…

En un momento dado, paró y allí, apoyados en el tronco de un árbol, me preguntó:

«¿Dónde quieres que te folle?

«Aquí.»

Mi sorpresa fue cuando no se negó a mi deseo. Hasta el momento, todas mis propuestas picantes eran rechazadas. Y mi fantasía se estaba haciendo realidad. Sacó de su bolsillo una caja de preservativos, extrajo uno y se lo colocó.

La sensación de plenitud que sentí en ese momento es indescriptible. Por mi cerebro pasaron multitud de cuestiones: «¿qué estoy haciendo?», «lo que hago no está bien», «le estoy engañando»… Pero en cuestión de segundos, todo se esfumó. Ese hombre me estaba haciendo sentir poderosa. Me llenaba el coño de una manera que no habían hecho nunca. Me empujaba contra el árbol con ganas. Dentro, fuera, esa polla era deliciosa. Gruesa y dura. Se movía como un dios del sexo, no le hacía falta mucho más para hacerme llegar al orgasmo. Quería tenerlo dentro, bien profundo, penetrándome como un salvaje. Uffff, cuánto placer estaba sintiendo.

No recuerdo si paré y bajé a chupársela en medio del primer polvo. Sé que la primera vez que lo hice, sentí que era lo más grande que había tenido en la boca. Carecía de experiencia, era mujer de un sólo hombre y acababa de saber que, aquel que me había desvirgado, la tenía pequeña. Necesitaba lamerla, chuparla, saborearla. Ningún juguete previo, sustituto del placer sexual que mi marido me negaba, llegaba a ser tan delicioso. Era una polla muy bien hecha, perfecta, a mi medida. Ya la había visto antes por imágenes, pero en directo es sublime.

Volviendo a la penetración, el orgasmo era inminente. De vez en cuando, miraba alrededor, y volvía a posar sobre mí esa mirada lasciva. Se movía con una mezcla de suavidad y dureza. Estaba a punto de estallar cuando me dijo:

«Me voy a correr».

«Uffff, hazlo…»

Fue un primer orgasmo simultáneo. La primera vez que sentía eso con otra persona tras haber experimentado con juguetes.

No, a estas alturas, no me arrepiento de nada de lo que ocurrió, sólo de no haberlo hecho antes.

Pero quería más. No iba a dejarle escapar sin una segunda ronda. Anhelaba sentirlo dentro tras unos minutos. Sólo de tenerlo al lado me ponía cachonda. Hicimos una breve pausa y acabé cabalgando sobre su polla en el borde de la piscina de piedra. Mis braguitas tipo culotte de algodón, con fondo rosa y estampado de Timón y Pumba, quedaron a un lado. Es un impulso irrefrenable, me encanta el sexo. No soy adicta, pero si soy sexualmente muy activa. Y creativa, tengo buenas ideas e intento no resultar aburrida. Y tenía ante mí una presa deliciosa y caliente.

Acabó corriéndose en mi boca, y me tragué toda esa leche que me regalaba. Su semen tiene muy buen sabor, es salado y suave, me encanta saborearlo. Y me gusta que se corra en todos mis orificios…

Se acababa el tiempo, y lo que fue apenas una hora se me había pasado como si fuesen segundos.

Nos despedimos delante de la puerta trasera de los jardines, una que no debería estar abierta y por la cual no debería haber salido. Daba a un camino a 5 minutos andando de mi casa.

Cuando llegué y abrí la puerta, mi marido estaba despierto. Uno de esos raros días en que demuestra tener algún tipo de actividad motora, porque lo normal era que no se levantase de cama.

Me cambié el top (se me había descosido el escote y se me veía un pecho al completo), y cuando me di la vuelta, el que era mi pareja me avisa de que tengo una herida en la espalda. Un rascazo contra el árbol donde minutos antes me habían follado como nunca. Donde otro me había dado todo lo que quería y él me negaba. Un recuerdo de mi viaje al paraíso.

Fue el primer encuentro de muchos. Y a día de hoy, sé que hemos mejorado y que mi coñito y su polla se llevan a la perfección. Cada encuentro, es igual de placentero o más. Es mi dios del sexo, y los orgasmos con él son divinos.

Mientras escribía estas palabras, no pude evitar humedecerme. Es pensar en él y sentir la necesidad de masturbarme. Puedo olerlo y tocarlo, mi imaginación vuela… Y los recuerdos se quedan grabados en la retina.

Continuará…

Frente a mí

Quiero atarte. Sujetarte a una silla bien firme, no podrás atacarme desde ahí. Quiero encender tu deseo y ver cómo se te oscurece la mirada.

Frente a ti, colocaré otra silla. La mía. Pero yo no estaré atada, seré libre para hacer lo que quiera. Y en estos momentos, me apetece «torturarte».

Para la ocasión, habré escogido un vestido corto, de vuelo, combinado con un liguero y unas bonitas medias de blonda. No me apetece llevar ropa interior, así que, durante el camino a nuestro destino, te diré que no llevo nada por debajo pero que tienes totalmente prohibido tocarme. Y más te vale obedecerme.

Comienza el juego. Sólo de pensarlo, ya me he excitado y noto mi coñito húmedo y anhelante. Tiene ganas de ti, de tu lengua, de tu polla… Pero tendrá que esperar.

Levanto una pierna. Mi mano se desliza por la parte interna de mi rodilla y sigue subiendo. Roza mi sexo y me estremezco. Qué ganas tengo…

Despacio, muy despacio, subo el vestido y te enseño lo que hay por debajo. Como puedes ver, estoy bien mojada. Meto un dedo en mi coño rasurado, el corazón, y jugueteo con mi clítoris, moviéndolo a ambos lados muy rápido. No puedo evitar arquear la espalda y soltar un gemido. Mi dedo se introduce por la raja y se abre camino. Le siguen dos, y hasta tres dedos en movimientos rítmicos, ascendiendo y descendiendo. Acelero. Se escuchan mis propios fluidos al contacto con mi mano. Paro.

Te deseo tanto…

Tu polla dura y gruesa se deja notar bajo un pantalón de chándal. Hay pocos hombres a los que le sienten tan bien ese tipo de prendas, pero a ti te queda de vicio. Me encanta tener un acceso rápido a tu entrepierna, y notar la erección con sólo pasar mi mano. Poder bajar la goma de la cinturilla y dejar libre esa delicia que tienes entre las piernas. Pero todavía no es el momento.

Me he traído mi vibrador amarillo, ése que me regalaste hace algún tiempo. Mi favorito. Me recuerda a ti y por eso me ha arrancado tantos orgasmos. Lo enciendo y subo un poco la intensidad. Jugueteo con él entre mis labios. Ummmmmm. Un pequeño temblor de placer hace que lo separe. Aún no es el momento… Lo meto un poco más. Y más. Lo saco. Lo agito rítmicamente.

«En un ratito, tu polla sustituirá a mí juguete. Y lo sabes…»

Ya muy excitada, decido caminar a gatas hacia su entrepierna. Miau… Dejo el consolador a un lado y sin retirar mis ojos de los tuyos, me acerco muy despacio. De rodillas frente a ti, acaricio tus piernas en movimiento ascendente, desde el tobillo hasta la ingle. Se me hace la boca agua, no puedo más, necesito probarte.

Comienzo a tirar hacia abajo, viendo cómo la goma se escurre y deja entrever el vello púbico. Falta poco para llegar al paraíso entre tus piernas.

Tu polla puja por salir de su escondite, dura, gruesa, jugosa… Unas gotas de líquido seminal se escurren al descubrirla. No puedo evitar pasar mi lengua alrededor. Es tan delicioso verte así…

Jugueteo con mi boca, presionando el glande con mis labios, paseando mi lengua alrededor en movimientos circulares. Chupo, saboreo, arriba-abajo, despacio. Hasta el fondo. Más rápido. Tengo mucha hambre de ti, no puedo parar.

Pienso en soltarte así, bien caliente, arrodillada ante ti después de una deliciosa tortura.

Pero no. Recojo el vestido, abro mis piernas y me siento despacio. Uffffffff. Es increíble el tremendo placer que se siente cuando te tengo dentro en una primera penetración. Qué delicia! Quiero quedarme así quieta unos segundos, mientras te como la boca con avidez. Me excito. Me muevo. Reboto entre tus piernas, cabalgando sobre ti, sintiendo cómo entra…

«¿Y ahora, quieres que te suelte?»

Génesis

Aquí comienza mi historia

Mujer casada. Treinta y largos. Madre trabajadora.

Dos años habían pasado desde que a mi marido le diagnosticaron una enfermedad mental, y la situación, en lugar de mejorar, empeoraba. Apenas me tocaba, y yo sólo deseaba que me prestara algo de atención. Todavía le deseaba. O eso creía.

Me levantaba por las mañanas y contemplaba su erección debajo de los pantalones del pijama. Pero era una ilusión: seguía durmiendo, y seguiría así, ajeno a todo. Yo me imaginaba que bajaba las sábanas, me abría camino entre sus piernas y jugueteaba con mi lengua sobre su glande, para luego cabalgarlo mientras todavía estaba semidormido. Y era frustrante no poder llevarlo a cabo.

Un sábado de mañana, temprano, decidí que iba a probar algo nuevo: sumergirme en el mar de la infidelidad. Era algo que despertaba mi curiosidad y, aunque hacía algún tiempo lo considerase impensable, en ese momento era algo más que necesario.

Empecé a rebuscar en Internet, y encontré pocas páginas interesantes. Una me llamó la atención: web de infieles hecha por mujeres y para mujeres. Tenía una interfaz atractiva, fácil de manejar y además, gratuita (no así para el público masculino). Después de haber valorado posibles riesgos, creé mi perfil.

El primer mensaje fue como una chispa. Empecé a sentir calor en la entrepierna. ¡Estaba chateando con otro hombre, después de toda una vida con el mismo! Tras un primer mensaje, vinieron muchos otros, de otros hombres. La mayor parte, ni los leía. Sé lo que quiero. Y tenía que ser mucho mejor que lo que tenía en casa.

Fue un catalán que trabajaba en mi ciudad de lunes a miércoles quien llamó mi atención en un primer momento. Tenía alquilado un pisito no muy lejos de donde yo vivía, pagado por la empresa, lejos de su mujer e hijas.

Él entró en ésto porque su mujer era muy fría. Yo, porque no follaba.

La conversación era fluida y comenzó con preguntas básicas y sencillas. Pero un día, subió el tono.

Era sábado de tarde. Él estaba solo en su casa de Barcelona, yo, abandonada en el salón de mi casa en Galicia.

«¿Cómo te gustan los hombres?»

«Altos, morenos. Inteligentes. Activos. Y sobretodo, creativos»

«¿Cuáles son tus preferencias sexuales?»

«Me gustan los juegos. Y los juguetes. Llevo años coleccionando vibradores y artefactos de todo tipo. Son mis amigos cuando estoy muy cachonda, me alivian durante un tiempo. «

«Qué interesante…».

«Ah, si? También me gusta fantasear. Es frustrante llevar toda una vida al lado de alguien que no me presta la atención que merezco, y que se niega a cumplir mis fantasías. Y son muchas. Casi todas relacionadas con lugares. Pero sobretodo, hay una que deseo por encima de todo: follarme a otro. Perdí la virginidad con mi marido, no sé lo que es estar con otro. Y ahora, que la pasión se ha apagado y sólo queda una especie de maltrato psicológico por su parte, creo que es el momento».

«Yo te daré eso. Pero antes, necesitamos conocernos. Saber si hay feeling»

«También me gusta contar historias. Imaginar situaciones. Imagina que abro una puerta y te encuentro ahí sentado. Yo llevo poca ropa, la justa y suficiente para resultar sensual. Me acerco con una botella de vino y dos copas. Te invito a tomar algo conmigo, pero antes, quiero ponerte a prueba. Tendrás que obedecerme. No debes moverte. Suave, me deslizo hacia ti. Te abro las piernas y, ahí en medio, de rodillas, me desnudo. Con mi boca, acaricio el tobillo derecho y voy subiendo. Siento cómo tú respiración se altera, pero sabes que no debes tocarme. Llego a tus ingles y acaricio con mi cara tu erección bajo los vaqueros. Mis manos te envuelven y, ayudadas por mi boca, te desabrochan el cinturón y los botones. Llegan a ese fruto delicioso, caliente y palpitante que es tu polla y me deleito con su dureza. Bajo suavemente un bóxer de marca y mi lengua empieza a lamer muy despacio…»

«¡Joder! Me has puesto cachondo»

Fijamos un día y una hora, pero yo no aparecí. Tenía esperanzas de que mi pareja mejorase. Todavía me daba miedo abrirme a otro hombre a pesar de que lo deseaba.

Pasó noviembre del 2017, y dejé de entrar en la página. Me aferraba a una esperanza en vano hasta que, de nuevo, volvió a surgir esa curiosidad.

Comencé a hablar con otro gallego. Vivía a unos 50 mnts de mi ciudad. Lo suficientemente cerca para vernos de vez en cuando y lo suficiente lejos para evitar el peligro de la tentación.

Y aquí empieza la verdadera diversión.

Continuará…