Llevábamos hablando casi un par de meses por el chat de una aplicación, después de habernos conocido en una web de contactos para infieles. Y un buen día, decidimos que era hora de conocernos cara a cara.
Si, infiel. Para mí, era un mundo desconocido. No me lo habría planteado si no estuviese en un caso desesperado. Mi marido, además de no satisfacerme sexualmente, me estaba maltratando a nivel psicológico. Me hacía pasar por situaciones extremas y desagradables, y necesitaba una vía de escape.
Nunca había estado con otro hombre. No es por mi físico, aunque no me considero un monumento, tengo un rostro dulce y me gusta lo que veo en el espejo. Soy muy pálida, no tengo un cuerpazo, soy rellenita, pero mis kilos de más no son un obstáculo a la hora de disfrutar de mi cuerpo. Se podría decir que atraía a los hombres, solía ligar por la noche, pero nunca caí en la tentación de irme con otro. En el instituto había tenido varios pretendientes, y me encantaba juguetear con ellos. Pero me comprometí muy pronto.
Era casi verano, a mediados-finales de junio. O principios de julio. No recuerdo la fecha exacta pero si los hechos.
Hacía calor, era primera hora de la mañana y el punto de encuentro era en los jardines monumentales del parque más grande de mi ciudad. Por ahí paseaba cuando era una niña, huelen a tierra mojada y a flores. Son el sitio perfecto para estar fresco si la temperatura está elevada. Y ese día no era sólo por el clima, la excitación por lo que iba a ocurrir subía mi temperatura interna.
Días antes, había planeado un juego para encontrarnos. Mi idea inicial era diferente, pero ese día decidí que iba a emplear mi colección de pulseras de la India para hacer una «búsqueda del tesoro». Me puse una falda de seda fucsia con mucho vuelo y un top negro escotado para la ocasión.
Entré por las puertas de los jardines del pazo y seguí en línea recta por la derecha. Me aseguré de que no había gente (era un día de semana a primera hora y todavía no era temporada alta), y dejé mi primera pulsera en una mesa circular de piedra. Avancé sin desviarme hasta un banco de madera, y allí dejé la segunda. Un poco más adelante, sobre una roca plana, quedó la tercera. Otro monolito de roca, un banco y alguna piedra más serían los soportes de mis «anzuelos», indicarían el camino hacia mi escondite.
Le escribí en cuanto entré por el parque e iba enviándole fotografías de los puntos donde dejaba las pulseras. Él ya estaba aparcado en el exterior de los jardines y esperaba a avanzar en cuanto se lo indicase.
Llegué a una zona al fondo de los jardines llamada «el bosquete», pasando una primitiva pista de tenis del siglo XIX, y parando en una piscina de piedra antigua, vacía. Allí había árboles lo suficientemente anchos para esconderme detrás y perfectos para mi «plan».
Uffff, ya estaba muy nerviosa y empezaba a notarme húmeda. Sentía una mezcla de excitación y diversión. Era toda una fantasía a punto de cumplirse, una de muchas del listado que llevaba elaborando años atrás…
«Ya estoy. Entra. Al final del camino, estaré yo».
Recuerdo que iba cogiendo las pulseras y me enviaba fotos de sus manos, grandes y fuertes, como a mí me gustan en un hombre. Qué calor sentía…
Fue todo muy rápido. De repente, lo veo aproximarse al árbol. Ahí estaba él, después de casi dos meses excitándonos a distancia. Era mucho más guapo en persona, ya me gustaba en foto, o en vídeo, pero cara a cara ganaba muchísimo. Y esos ojos… Fue verlos, y entrar en otro mundo. Hay personas que no necesitan pronunciar una palabra para comunicarse, basta con su mirada. Y en él, veía fuego. Quiso darme un beso y tuve que frenarlo, mirarlo directamente a los ojos, y luego besarlo. Con ganas. Y ahí me perdí, fue como un hechizo. La primera vez en mi vida que sentía una conexión así. Sólo pensaba en arrancarle la ropa y disfrutar de su cuerpo.
«Qué ojos tan bonitos tienes…».
Su lengua se abría paso entre mis labios, pero de un modo delicado. Antes, su mano había acariciado mi cara para acercarme a él. Hacía tanto tiempo que no recibía una caricia de ese tipo que me pareció increíble. Aún puedo sentir su tacto. El de esa caricia y el de todas las que vinieron a continuación. Al igual que recuerdo las palmadas fuertes y sonoras que tanto me excitan y que siempre le pido.
Nos comíamos la boca con avidez. Empecé a excitarme más y más, las ganas de tenerlo dentro eran casi insoportables. Estaba tan mojada que podía notar cómo mis braguitas de algodón cogían peso.
Con sus manos, y un poco de ayuda (la falda tenía tanto vuelo que se hacía incómoda), empezó a juguetear con sus dedos en mi coño húmedo. El roce con mi clítoris hizo que sintiese un pequeño espasmo.
«Ummmmm…un coñito…»
Se agachó ante mis pies y, con su boca, me hizo sentir un placer que no sentía desde hacía muchos años. Para mí, eso es entrega. Es preocuparse del placer del otro, y ya no estaba acostumbrada a que me prestaran ese tipo de atenciones. Qué delicia…
En un momento dado, paró y allí, apoyados en el tronco de un árbol, me preguntó:
«¿Dónde quieres que te folle?
«Aquí.»
Mi sorpresa fue cuando no se negó a mi deseo. Hasta el momento, todas mis propuestas picantes eran rechazadas. Y mi fantasía se estaba haciendo realidad. Sacó de su bolsillo una caja de preservativos, extrajo uno y se lo colocó.
La sensación de plenitud que sentí en ese momento es indescriptible. Por mi cerebro pasaron multitud de cuestiones: «¿qué estoy haciendo?», «lo que hago no está bien», «le estoy engañando»… Pero en cuestión de segundos, todo se esfumó. Ese hombre me estaba haciendo sentir poderosa. Me llenaba el coño de una manera que no habían hecho nunca. Me empujaba contra el árbol con ganas. Dentro, fuera, esa polla era deliciosa. Gruesa y dura. Se movía como un dios del sexo, no le hacía falta mucho más para hacerme llegar al orgasmo. Quería tenerlo dentro, bien profundo, penetrándome como un salvaje. Uffff, cuánto placer estaba sintiendo.
No recuerdo si paré y bajé a chupársela en medio del primer polvo. Sé que la primera vez que lo hice, sentí que era lo más grande que había tenido en la boca. Carecía de experiencia, era mujer de un sólo hombre y acababa de saber que, aquel que me había desvirgado, la tenía pequeña. Necesitaba lamerla, chuparla, saborearla. Ningún juguete previo, sustituto del placer sexual que mi marido me negaba, llegaba a ser tan delicioso. Era una polla muy bien hecha, perfecta, a mi medida. Ya la había visto antes por imágenes, pero en directo es sublime.
Volviendo a la penetración, el orgasmo era inminente. De vez en cuando, miraba alrededor, y volvía a posar sobre mí esa mirada lasciva. Se movía con una mezcla de suavidad y dureza. Estaba a punto de estallar cuando me dijo:
«Me voy a correr».
«Uffff, hazlo…»
Fue un primer orgasmo simultáneo. La primera vez que sentía eso con otra persona tras haber experimentado con juguetes.
No, a estas alturas, no me arrepiento de nada de lo que ocurrió, sólo de no haberlo hecho antes.
Pero quería más. No iba a dejarle escapar sin una segunda ronda. Anhelaba sentirlo dentro tras unos minutos. Sólo de tenerlo al lado me ponía cachonda. Hicimos una breve pausa y acabé cabalgando sobre su polla en el borde de la piscina de piedra. Mis braguitas tipo culotte de algodón, con fondo rosa y estampado de Timón y Pumba, quedaron a un lado. Es un impulso irrefrenable, me encanta el sexo. No soy adicta, pero si soy sexualmente muy activa. Y creativa, tengo buenas ideas e intento no resultar aburrida. Y tenía ante mí una presa deliciosa y caliente.
Acabó corriéndose en mi boca, y me tragué toda esa leche que me regalaba. Su semen tiene muy buen sabor, es salado y suave, me encanta saborearlo. Y me gusta que se corra en todos mis orificios…
Se acababa el tiempo, y lo que fue apenas una hora se me había pasado como si fuesen segundos.
Nos despedimos delante de la puerta trasera de los jardines, una que no debería estar abierta y por la cual no debería haber salido. Daba a un camino a 5 minutos andando de mi casa.
Cuando llegué y abrí la puerta, mi marido estaba despierto. Uno de esos raros días en que demuestra tener algún tipo de actividad motora, porque lo normal era que no se levantase de cama.
Me cambié el top (se me había descosido el escote y se me veía un pecho al completo), y cuando me di la vuelta, el que era mi pareja me avisa de que tengo una herida en la espalda. Un rascazo contra el árbol donde minutos antes me habían follado como nunca. Donde otro me había dado todo lo que quería y él me negaba. Un recuerdo de mi viaje al paraíso.
Fue el primer encuentro de muchos. Y a día de hoy, sé que hemos mejorado y que mi coñito y su polla se llevan a la perfección. Cada encuentro, es igual de placentero o más. Es mi dios del sexo, y los orgasmos con él son divinos.
Mientras escribía estas palabras, no pude evitar humedecerme. Es pensar en él y sentir la necesidad de masturbarme. Puedo olerlo y tocarlo, mi imaginación vuela… Y los recuerdos se quedan grabados en la retina.
Continuará…