El vestuario

Hace años, pasé por una situación curiosa en un gimnasio.

Era un martes de mañana, y teníamos clase de Zumba. Odio la música que ponen en esa actividad, pero me encanta bailar. Me gusta tanto, que consigue que desconecte de todo. Y en ese momento de mi vida, mi realidad era muy dura.

A nivel físico, me sentía pletórica. Me sentía sexy. Había adelgazado, me había apuntado a varias actividades (entre ellas, danza del vientre) y estaba consiguiendo explotar al máximo mi cuerpo. Y, sin embargo, en mi casa no me tocaban. Dada la situación, estaba más salida que una gata en celo.

Ése día salí tan agotada de la clase, que fui en dirección equivocada: en lugar de acabar en el vestuario femenino, acabé en el masculino. Y lo que vi cuando levanté la cabeza, era pura poesía: unos cuantos pares de piernas masculinas, musculosas, con esos gemelos anchos… Ay, cómo me ponen.  Es otra parte de su anatomía que me atrae muchísimo. Mientras no sean dos palos escuálidos, me encantan. Verlas y tocarlas.

Pedí perdón, y me fui de allí cabizbaja. Y esto fue el germen para una nueva fantasía.

En el vestuario sólo estaban ellos dos. Dos cuerpos sudorosos después del esfuerzo realizado sobre las máquinas. Dos torsos fibrosos por los cuales resbalaban pequeñas gotas de humedad condensada proveniente de sí mismos.

Me sentí abrumada. Sólo tapados por una toalla, me observaban con expresión curiosa.

«¿Qué haces aquí, morenita?»

«Perdón, me debí confundir. Quería ir al vestuario femenino, no llevo gafas. Ya me marcho.»

«¿Seguro que quieres marcharte, bombón?¿Por qué no te quedas?»

En el fondo, lo deseaba. Pero no estaba bien. No tenía que estar allí. Hice ademán de marcharme pero uno de ellos, el moreno, me bloqueó el paso. Con el dorso de su mano me acarició la cara y me observó con expresión lasciva. Se relamió y cogió mi mano derecha, que en ese momento colgaba inerte. Era incapaz de moverme, sentía una mezcla de terror y excitación. Suavemente, dirigió mi mano hacia el interior de su toalla, por debajo de su cintura. Su miembro empezaba a endurecerse. Y mi respiración, se agitaba al tiempo que se ponía más duro.

«Me parece que no te vas a marchar ahora…»

Su compañero, de pelo castaño, se adelantó para bloquear la puerta. Era casi última hora y sólo quedaban ellos en el gimnasio. Ellos y yo.

Se notaba que estaban acostumbrados a este tipo de juegos. Con ese físico espectacular, podrían atraer a cualquier mujer. Y yo era una presa fácil: tan sola, con una apariencia inocente, de no haber roto un plato en su vida.

Mientras el moreno guiaba mi mano a lo largo de su polla, de un tamaño considerable, el de pelo castaño se colocó a mi espalda. Noté cómo dejaba caer su toalla al suelo y comenzó a rozarse contra mi culo. Él también se estaba poniendo cachondo.

Yo no sabía qué hacer. Por un lado, quería huir. Y por el otro, me apetecía muchísimo que me poseyeran. Para mí sería algo nuevo. Y toda novedad me parece excitante.

Mis mallas eran muy finas y podía notarlo todo. Mi boca, entreabierta, denotaba mi nivel de excitación. Me estaba humedeciendo y ellos lo sabían.

«Uy, pequeña, me parece que hace tiempo que no te toca un hombre de verdad.»

Su lengua empezó a abrirse paso entre mis labios y me dejé llevar. A mi espalda, dos manos pugnaban por abrir camino entre mis piernas, tirando del elástico hacia abajo. Mis braguitas quedaron al descubierto, y me dio vergüenza. Rosas, de algodón, tan inocentes.

«¡Pero si llevas bragas de niñita! Qué bien nos lo vamos a pasar contigo, muñeca.»

Un dedo me rozó la hendidura existente entre los dos labios. Apretó la presión y frotó a lo largo, con ganas. Estaba mojando las bragas y le gustó lo que notó. Con un movimiento audaz, las apartó a un lado e introdujo un dedo. Jugó haciendo círculos y presionó un poco mi clítoris. Sabía lo que hacía. Una vez localizado, comenzó a dar pequeños golpes rítmicos. No pude evitar emitir un gemido. Mientras, el que estaba delante mía se había descubierto por completo y no soltaba mi mano, masturbándose sin freno. Con la otra mano que le quedaba libre, presionaba uno de mis pechos, endureciendo mis pezones.

Estaba atrapada entre dos rocas calientes, que no iban a permitir que me escapase de allí sin quedar bien saciada.

Una lengua recorrió mi cuello, y sentí una presión contra mi bajo abdomen. Las manos de la espalda me despojaron de mis bragas. Las de delante, de mi camiseta, tirando del top deportivo al mismo tiempo y dejando al descubierto mis pechos. Estaba completamente desnuda.

La lengua se desliza más allá del cuello y se detiene en un pezón que relame y chupa con ansia. Mientras, a mi espalda, la punta del glande juguetea con mi raja mientras un dedo se abre camino por mi culo, previamente lubricado con su saliva. Lo mueve, lo mete, lo saca. Me gusta.

El de atrás cambia su dirección y empieza a apuntar hacia mi culo todavía virgen. El líquido preseminal se nota en mis nalgas, y se quiere abrir paso. La polla delantera se posiciona entre la apertura de mi coño y empuja muy despacio.

Mis ojos se abren y no puedo evitar transmitir una expresión de asombro. Es una polla ancha, me llena por completo. Estoy tan mojada que entra sola, sin empujar. Sabe su camino.

La polla de la espalda consigue penetrar mi culo. De repente, me siento llena, en total plenitud. Mientras el de atrás me agarra del cuello, el de delante me come la boca. Consiguen empujar al mismo tiempo y la meten, la sacan. Dentro, fuera, más dentro.

«Ugh…»

«¿Te gusta, nena?»

«Si…»

Estoy muy colorada. Nunca me habían penetrado dos hombres y era una sensación extraña. Pero también, deliciosa. No tardaré mucho en sentir el orgasmo. Gimo, me cae una lágrima que resbala por mi pómulo derecho. Estoy sintiendo mucho placer.

El de atrás acelera.

«¡Joder, qué culo tienes, nena! Cómo me gusta follarme culos vírgenes. Voy a dejar bien llenita, ¿sabes? Vas a recibir mi leche al completo.»

Me da un par de palmadas bien fuertes y sigue empujando. Ya no puede frenar.

El de delante cambia la expresión. Su mirada se vuelve más oscura y no es capaz de dejar de mirarme a los ojos. Le da duro, sin freno. No hay tiempo.

Noto como se tensa una polla por detrás y, en cuestión de segundos, la de delante. Gritó como una perra. Voy a correrme. Me abandono a mí placer y empiezo a notar cómo un chorro hirviendo entra por mi culo. Y otro, por mi coño. Gritan conmigo. Me sujetan, me tiemblan las piernas, no consigo mantenerme en pié. Terminan de darme las últimas estocadas y se separan lentamente. Me dejan allí en el suelo mientras se visten. Estoy llena de su semen,por delante y por detrás. Soy incapaz de moverme. Qué me han hecho… Es delicioso, pero demasiado intenso.

El moreno se agacha y me dice al oído:

«Cuando quieras, repetimos. Nos vemos el próximo martes. Tú decides».

2 Comentarios

  1. Avatar de venusonia80 venusonia80 dice:

    Pdt: Gracias J., por darme la idea😉

    Me gusta

Deja un comentario