El autobús

Era temprano, las 6:30 de la mañana de un miércoles cualquiera. Me encaminaba a la parada del autobús que estaba situada a 50 m de mi casa, como hacía todos los días. No entraba a trabajar hasta las 9:00 y llegaría enseguida a mi destino, pero me gustaba tener algo de tiempo para despejar la cabeza antes de comenzar mi jornada: leer la prensa local y tomar un buen café, sin prisas.

Habitualmente, viajaba sola en el bus hasta la cuarta parada desde el punto de salida. Pero ese día, se interrumpió el ciclo y un hombre se subió antes. Iba absorta en mi lectura (me encanta leer durante el viaje) y no me di cuenta de que había fijado su objetivo en mí hasta que se sentó a mi lado.

Un aroma embriagador invadió mis fosas nasales. Era un perfume masculino, fresco, pero al mismo tiempo, delicado, limpio. Pensé: «Ummm, huele a tío bueno…» Y bien que lo estaba: 30 y tantos, metro noventa, fibroso, moreno…

«¿Qué estás leyendo que te mantiene tan entretenida? No levantas la cabeza de la página».

No me gusta hablar con extraños, me siento incómoda. Soy una chica sociable pero tímida, y nadie nos había presentado.

«Novela negra. La última ganadora del premio Planeta. Estoy en un punto muy interesante. No puedo parar de leer».

Le miro a la cara y me sonríe. Hay algo en ese gesto que me perturba. Tiene unas facciones casi perfectas, con una pequeña cicatriz en el pómulo y un lunar en la barbilla. Es terriblemente atractivo. Empiezo a acalorarme y él lo nota.

«No debes de estar acostumbrada a que te digan cumplidos, pero creo que la situación me está pareciendo divertida. Cuando entré, me pareciste una mujer peculiar, ajena a todo. Me gustan las mujeres diferentes. Y sobretodo, me excitan las chicas tímidas».

No supe qué responderle. El bus ya se había ido llenando de gente. Y a él no parecía incomodarle.

Mi parada era la última de la línea. Y él seguía a mi lado a medida que la gente se iba bajando.

Una mano rozó mi pierna y pude sentir su aliento en mi nuca. Levanté la cabeza del libro con expresión de asombro.

«Qué bien hueles. A mujer follable, a limpio y húmedo, a miel del paraíso. Me encanta esa carita de niña que tienes, y me pone mucho que te pongas colorada. Ahora puedo sentir tu excitación, no lo niegues».

Emite un gruñido cerca de mi oído y su mano gira hacia dentro. Puedo notar sus dedos que se abren por la zona interna de mi rodilla. Abre la mano y la cierra alternativamente, mientras sigue ascendiendo. Cerca de mi entrepierna se detiene, extiende los dedos y roza mi coño por encima de los panties. Ése día llevo un vestido corto con estampado de flores, algo más invernal. Apreta un poco dentro de mi raja, y se mueve a lo largo. No puedo moverme. Estoy impactada. Apreta un poco más…

Me coge la mano y muy suavemente la lleva a su entrepierna. Noto la erección bajo el pantalón: ¡Menuda polla! Aquello tiene un tamaño descomunal, gruesa y larga. Me quedo sin respiración del asombro.

No para en sus tocamientos, a pesar de que en el bus sigue habiendo gente. En ese momento, me estaba apretando el clítoris y estaba tan empapada, que mis fluidos atravesaron los panties.

Última parada. El conductor del autobús baja hasta una cafetería a unos metros, donde suelo ir todas las mañanas. Me bajo con mi acosador y me quedo totalmente sola, inmóvil, no sé qué hacer…

Cogen mi mano y, de un empujón, me pone contra el lateral del autobús. Es una zona solitaria, todavía está amaneciendo. Mis brazos están aprisionados contra un cuerpo masculino, me está sujetando. No quiero pararle, me gusta lo que estoy sintiendo.

«Mira cómo me has puesto…»

Roza su polla contra mi culo a través de la ropa. Jadea, se mueve, me empuja con movimientos de su pelvis.

Le digo: «Hazlo. Hace tiempo que no me follan como es debido».

Con una rabia inaudita, tira de mis panties y les abre un agujero. Mete sus dedos en mi coño hambriento y me penetra con ellos. Los mueve rítmicamente, es todo un experto. Los saca, se los lame.

«Qué bien sabes…».

Noto cómo se desabrocha los botones de los vaqueros y saca su armamento. Me empuja con ella a través de las bragas. Presiona un poco, busca la zona de entrada.

«¿La quieres dentro?»

«Umgh… Si…».

Con un rápido movimiento, aparta mis bragas y mete su polla sin piedad. Me folla salvajemente, sigue gruñendo, me dice que soy un pescadito bueno, que él tiene un buen anzuelo y que he picado… Me folla como si no hubiese un mañana, me golpea contra el lateral del autobús y puedo escuchar su piel contra mi piel. Plas, plas. Sus testículos rebotan contra mi culo, no tiene freno. Y yo tampoco. Creo que me voy a correr con un desconocido. No puedo tocarle, ni besarle, me tiene aprisionada. Pero me gusta.

«Me voy a correr…»

Justo cuando termino, me llena con su semen. Pedazo corrida…

Se separa, se abrocha y me suelta. Se marcha sin despedirse. Y ahí me quedo, totalmente regada con su leche resbalando por el interior de mi pierna.

Hoy iré al trabajo bien follada.

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