Génesis

Aquí comienza mi historia

Mujer casada. Treinta y largos. Madre trabajadora.

Dos años habían pasado desde que a mi marido le diagnosticaron una enfermedad mental, y la situación, en lugar de mejorar, empeoraba. Apenas me tocaba, y yo sólo deseaba que me prestara algo de atención. Todavía le deseaba. O eso creía.

Me levantaba por las mañanas y contemplaba su erección debajo de los pantalones del pijama. Pero era una ilusión: seguía durmiendo, y seguiría así, ajeno a todo. Yo me imaginaba que bajaba las sábanas, me abría camino entre sus piernas y jugueteaba con mi lengua sobre su glande, para luego cabalgarlo mientras todavía estaba semidormido. Y era frustrante no poder llevarlo a cabo.

Un sábado de mañana, temprano, decidí que iba a probar algo nuevo: sumergirme en el mar de la infidelidad. Era algo que despertaba mi curiosidad y, aunque hacía algún tiempo lo considerase impensable, en ese momento era algo más que necesario.

Empecé a rebuscar en Internet, y encontré pocas páginas interesantes. Una me llamó la atención: web de infieles hecha por mujeres y para mujeres. Tenía una interfaz atractiva, fácil de manejar y además, gratuita (no así para el público masculino). Después de haber valorado posibles riesgos, creé mi perfil.

El primer mensaje fue como una chispa. Empecé a sentir calor en la entrepierna. ¡Estaba chateando con otro hombre, después de toda una vida con el mismo! Tras un primer mensaje, vinieron muchos otros, de otros hombres. La mayor parte, ni los leía. Sé lo que quiero. Y tenía que ser mucho mejor que lo que tenía en casa.

Fue un catalán que trabajaba en mi ciudad de lunes a miércoles quien llamó mi atención en un primer momento. Tenía alquilado un pisito no muy lejos de donde yo vivía, pagado por la empresa, lejos de su mujer e hijas.

Él entró en ésto porque su mujer era muy fría. Yo, porque no follaba.

La conversación era fluida y comenzó con preguntas básicas y sencillas. Pero un día, subió el tono.

Era sábado de tarde. Él estaba solo en su casa de Barcelona, yo, abandonada en el salón de mi casa en Galicia.

«¿Cómo te gustan los hombres?»

«Altos, morenos. Inteligentes. Activos. Y sobretodo, creativos»

«¿Cuáles son tus preferencias sexuales?»

«Me gustan los juegos. Y los juguetes. Llevo años coleccionando vibradores y artefactos de todo tipo. Son mis amigos cuando estoy muy cachonda, me alivian durante un tiempo. «

«Qué interesante…».

«Ah, si? También me gusta fantasear. Es frustrante llevar toda una vida al lado de alguien que no me presta la atención que merezco, y que se niega a cumplir mis fantasías. Y son muchas. Casi todas relacionadas con lugares. Pero sobretodo, hay una que deseo por encima de todo: follarme a otro. Perdí la virginidad con mi marido, no sé lo que es estar con otro. Y ahora, que la pasión se ha apagado y sólo queda una especie de maltrato psicológico por su parte, creo que es el momento».

«Yo te daré eso. Pero antes, necesitamos conocernos. Saber si hay feeling»

«También me gusta contar historias. Imaginar situaciones. Imagina que abro una puerta y te encuentro ahí sentado. Yo llevo poca ropa, la justa y suficiente para resultar sensual. Me acerco con una botella de vino y dos copas. Te invito a tomar algo conmigo, pero antes, quiero ponerte a prueba. Tendrás que obedecerme. No debes moverte. Suave, me deslizo hacia ti. Te abro las piernas y, ahí en medio, de rodillas, me desnudo. Con mi boca, acaricio el tobillo derecho y voy subiendo. Siento cómo tú respiración se altera, pero sabes que no debes tocarme. Llego a tus ingles y acaricio con mi cara tu erección bajo los vaqueros. Mis manos te envuelven y, ayudadas por mi boca, te desabrochan el cinturón y los botones. Llegan a ese fruto delicioso, caliente y palpitante que es tu polla y me deleito con su dureza. Bajo suavemente un bóxer de marca y mi lengua empieza a lamer muy despacio…»

«¡Joder! Me has puesto cachondo»

Fijamos un día y una hora, pero yo no aparecí. Tenía esperanzas de que mi pareja mejorase. Todavía me daba miedo abrirme a otro hombre a pesar de que lo deseaba.

Pasó noviembre del 2017, y dejé de entrar en la página. Me aferraba a una esperanza en vano hasta que, de nuevo, volvió a surgir esa curiosidad.

Comencé a hablar con otro gallego. Vivía a unos 50 mnts de mi ciudad. Lo suficientemente cerca para vernos de vez en cuando y lo suficiente lejos para evitar el peligro de la tentación.

Y aquí empieza la verdadera diversión.

Continuará…

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