Capítulo 6. En el baño de la estación.

Hubo otros encuentros entre medias pero siempre hay alguno diferente. Que sean eludidos de ser narrados no les resta importancia. Lo nuestro es el sexo sin restricciones, más fluido, y en situaciones muy divertidas. No falta creatividad y nunca decepciona, a pesar de que suelo establecer un guión previo y acabamos improvisando, el resultado sigue siendo excepcional.

Recuerdo haber comprado tres prendas con apertura en la entrepierna durante esos meses que precedieron al verano. El hecho de volver a sentirme deseada hizo que me viese mucho más atractiva y me impulsó a probar con diferentes vestuarios. Nunca había llevado antes unos panties de rejilla y, desde entonces, le he pillado el gusto. Son cómodos, sexies y accesibles. Y si van incluidos en un body, mejor. La primera vez los puse con un vestido algo más largo dado que me daba cierta vergüenza llevarlos, pero visto el juego que dan, no dudé en seguir experimentando con ello. Las bragas van por encima, para el trayecto en tren, y al llegar a destino, no hay más que sacárselas en el coche y acercárselas a la cara. Me encanta que me toque mientras conduce, me gusta tocarme para él y aún más, me gusta acercar mi lengua hasta su polla dura y lamerle un buen rato mientras no pierde de vista la carretera. Ponerle a mil es una de mis actividades preferidas y no cuesta conseguirlo, me divierte ver cómo jadea bajito y me dice guarradas, cómo se mueve en el asiento para intentar follarme la boca, no hay mejor desayuno. Sé el efecto que provoca en él, y eso me excita muchísimo. Bien calentitos, llegamos a la parte posterior de una construcción en desuso al lado de una antigua cantera y allí, en el coche, me folló con la puerta abierta, a plena luz del día. Recostada como podía en el asiento, me embestía con esa polla dura y gruesa y podía sentir lo cachondo que estaba. Yo no me quedaba atrás, un poco más y me correría, su cuerpo es el mayor de los vicios. Puedo encadenar orgasmos y sé que no pasaría nada si me corro antes pero hacerlo al tiempo que él es genial. Así, en esa postura, llenó mi coñito de su leche caliente, derramándose un poco sobre mi culo, notando cómo resbalaba. Qué delicia sentirlo, en estos momentos lo echo de menos y sólo el hecho de recordarlo hace que me excite.

Las situaciones nuevas nos encantan y en la siguiente ocasión, iba dispuesta a cumplir una fantasía: follar en un baño público. La elección fueron los aseos de la estación de tren de su ciudad. Era primavera y a esas horas de la mañana de un domingo no habría demasiada gente haciendo el trayecto. El vagón iba semivacío y me pude permitir sacar fotos de mi chochito húmedo para enseñárselo antes de llegar, bien sentadita en mi asiento. Un vestido con vuelo negro estampado con las fases de la luna, un body de rejilla con apertura, unas botas militares y una cazadora de polipiel ajustada. Llamaba un poco la atención pero me daba igual, esa mañana me lo iba a pasar fenomenal.

Le avisé cuando llegaba a destino. La idea era encontrarnos en el pasillo del baño pero antes había que comprobar que estaban vacíos. Aproveché para ir al de mujeres y cuando salí, me dijo que no abría la puerta del baño masculino. Casi se frustra mi fantasía, pero no: sólo había que empujar un poco. Olía bastante mal y los baños no estaban del todo limpios, habían sido usados recientemente y no precisamente por público aseado. Pero daba igual, yo sólo pensaba en su cuerpo y en el placer que lo acompañaba. Cerramos la puerta y empezamos a comernos la boca, con ganas. Me arrodillo y extraigo su deliciosa polla dura para chupar suavemente pero con ansias, su sabor salado es mi preferido en las «mañanas calentitas.» Ummmmm, qué delicia, está lista para penetrar mi coñito…

Me incorporo y, mientras juntamos nuestras lenguas, levanto un poco el vestido y aparto las braguitas de algodón con estampado de flores a un lado. Me muevo para que me penetre mejor y sigo moviendo mi culo, aprieto mi entrepierna contra la suya. De pié, cada vez más mojada, sintiendo el roce de su miembro en mis labios vaginales, en silencio. Reprimir mis gemidos en ese momento fue una dura tarea, estaba muy excitada. Empieza a moverse él y me embiste despacio. Saca su polla, me la mete por detrás. Me gusta mucho, no voy a poder aguantar sin correrme. Así, abierta de piernas para él y apoyada en la cisterna, aparecía en la pantalla del móvil desde el principio. Todavía con ropa, sin apenas verse carne, fue uno de los vídeos más excitantes que hemos grabado. Soy muy expresiva y en estos momentos me dejo llevar por la situación. Mi cara no miente: me muero de placer. Pero no quería correrse todavía…quedaban otras paradas. Si se rebusca bien en mis picaderos.com, aparece mi reseña: «buen sitio para follar un domingo de mañana aunque huela a gato muerto.» No diré dónde y sé que hay miles de reseñas…

Lo más divertido de las mañanas de «excursión» por su zona es el no saber dónde vamos a acabar. Me encantan las sorpresas. Y, aunque hubiésemos repetido sitio, la situación seguía siendo excitante. Incluso cuando para en el lateral de una capilla para chuparle la polla. En un momento muy simpático, se santiguó y dimos las gracias por tan deliciosa mañana. «Ay, Jesusito…» Esa mezcla de excitación y diversión es adictiva, y, a pesar de que me hubiese encantado que se corriera en mi boca, ése no era el punto de destino, ya que a los pocos minutos volvíamos al campo en desuso donde habíamos estado la otra vez. Sólo que en esta ocasión quería cabalgarle hasta conseguir que explotase dentro de mi coñito, apretarme bien contra él, notar su respiración, el sudor, el punto de no retorno, sentir su polla entrando y saliendo sin poder poner freno porque lo deseo, cada vez más mojada, corrernos a la vez y quedarme un rato sentada, adorando esa cara tan bonita que se le pone cuando está saciado, notando su semen caliente disparado en mi interior y deleitarme con ello. Todo eso es poesía.

Ahora no recuerdo bien si sucedió todo en ese día pero recuerdo los momentos. A cuatro días de volver a vernos después de un mes me apetece todo eso y más. Y aunque sea diferente, será perfecto. Como siempre. Con él, el placer está asegurado.

Dibujo de Sonia Monroe

La secretaria. Segunda parte.

Habían pasado cuatro días desde el incidente del sábado. Fran y yo seguíamos con nuestro trato cordial y una relación estrictamente laboral. La situación estaba mucho más calmada en la oficina después de la entrega del informe urgente del ayuntamiento y todos habíamos vuelto a nuestros puestos habituales.

Todo parecía normal, rutinario, salvo la revolución que estaba ocurriendo en el interior de mi cabeza. Todavía seguía sintiendo pequeños espasmos de placer cada vez que rememoraba la situación y era prácticamente imposible no excitarme cuando me enviaba documentación para elaborar algún informe o me llamaba para organizar citas. Él parecía impasible, cercano y cordial, como siempre había sido. Visto así, cualquiera diría que es un animal intenso en el sexo. Estaba prácticamente convencida de que los hombres trajeados son equivalentes a tíos aburridos, fanfarrones y con más labia que entrega, rasgos a evitar en cualquier relación por muy esporádica que fuese. Y es que una es exigente, y mucho, aunque sea un polvo de una noche. Al día siguiente, domingo, fui incapaz de sacármelo de la cabeza y tuve que recurrir al satysfier and company en unas tres ocasiones, lo cual fue una comparación odiosa frente al placer que me otorgó su cuerpo. Me encantan los juguetes, me chifla grabarme vídeos y verme mientras me masturbo. Pero la carne es la carne, y donde esté una polla de verdad, sobra el plástico.

Él era un ejecutivo aparentemente soso y aburrido pero fue diferente, me trasladó a su mundo de fuego en el que me sentí tratada como una musa. Mi dios del sexo por unos minutos, justo en la oficina de al lado. Qué tentación tan fuerte. Fantaseaba con meterme en ese espacio, bloquear la puerta tras de mí y bajar las cortinas impidiendo cualquier visión ajena. Crear nuestro momento de placer mientras los demás trabajaban. Siempre me pareció algo morboso el hecho de follar en un sitio público sin que los demás se enterasen, ajenos a todo y metidos de lleno en sus tareas mientras yo me deleito y me introduzco en una dimensión paralela en donde reina la pasión. Pero es mi jefe y le debo un respeto, por lo menos mientras siga trabajando para él. Tengo que mantener la compostura y seguir soportando a las que pasan por delante con sus perfumes caros y sus tacones. Es increíble el esfuerzo que hacen por llamar la atención, todo un espectáculo circense. Si ellas supieran…

Las nueve del miércoles y mi jefe todavía no había aparecido por la oficina, lo cual era extraño, pues nunca se ha retrasado en los cuatro años que llevo trabajando para él. Le veo llegar media hora más tarde y con cara de preocupación, pero por muy estresado que parezca, siempre está impecable, no sé cómo lo hace… Se había puesto un polo rojo y unos pantalones chinos que marcaban su culo perfecto, dejando de lado su habitual traje chaqueta. Su cabello moreno y abundante lo tenía domesticado a base de gel fijador. Estaba impresionante, mucho mejor que con un traje y no pude evitar tener un calentón. Esperaba que esa mañana no me enviase a su despacho a preparar nada, me iba a costar contenerme y no sacar a colación el asunto del sábado, estaba deseando meter mis manos por debajo de su ropa (entre otras cosas).

Minutos después de entrar en su oficina me llamó con la excusa de revisar un contrato un poco más complejo e importante de lo habitual. No sospechaba nada en aquel momento puesto que el trato era la discreción en el ámbito laboral. Al abrir la puerta de cristal, sentí la bofetada que me dió su perfume, invadiendo mis fosas nasales.

«Buenos días, Moni. Cierra la puerta, por favor. He avisado de que no molesten en un rato, necesito revisar esto contigo, me he quedado un poco anclado. Cierra las cortinas y toma asiento, tengo que enseñarte algo.»

Uy, peligro. Mi sexto sentido me avisaba de que iba a pasar algo fuera de lo normal. Y sin querer, había empezado a mojar mis bragas, tal era el hechizo que ejercía en mí.

«Bueno, antes comencemos por otras cuestiones: me alegra ver que has seguido mis instrucciones y has disimulado muy bien estos días, pero has de saber que desde entonces sigo perdido y…»

«No, Fran, me lo pasé muy bien. De verdad. Pero estamos en una situación complicada.»

«¿Quién lo dice?»

Se mueve de su posición y se acerca a mi asiento. Me quedo petrificada y no sé qué hacer: una parte de mí está deseando llamarle la atención y la otra desea que se acerque mucho más. Puedo notar su aliento en mi nuca…

«¿Te apetezco?»

De un movimiento rápido, me levanto y me doy la vuelta. Le agarro del cuello del polo y le miro fijamente.

«Me da igual que seas mi jefe. Has de saber que a mí también me gusta mandar.»

Era algo que no esperaba. La tierna y dulce Mónica se negaba a volver a ser abordada por el jefe de nuevo y pretendía tomar las riendas. De un empujón, lo siento en la silla , me pongo en el centro de sus piernas abiertas y delante de su rostro sorprendido abro un par de botones de mi vestido abotonado y dejó a la vista unas braguitas de algodón rosa con un lacito, muy suaves y juveniles. Aprieto un poco en medio y dejo que se marque mi raja bajo mis dedos, los cuales froto ligeramente. Empiezo a mojarme y se nota a través del tejido. Dirijo mi vista hacia él y noto su erección, esa tremenda polla quiere escaparse de sus pantalones, nota la llamada de mi coño. Le cojo la mano y la paso por mi sexo húmedo y saca sus dedos largos y ágiles para colarse en el interior, removiendo mis fluidos.

«Joder, cómo me has puesto…»

Empieza a tocarse con la mano mientras me deleito con el tacto de su mano derecha y noto como su respiración se acelera. Me abandona por unos instantes y se desabrocha el cinturón. Esos pantalones lo dicen todo, no dejan nada a la imaginación, incluso antes de extraerse la polla dura se notaba su longitud, lo marcan todo. Serían mis pantalones favoritos por entonces. En cuanto su mano abandonó mi coño, no dejé de masturbarme, de tocarme para él. Allí de pié, plenamente expuesta para su deleite. Sigue desabrochando el botón muy lentamente y baja la cremallera despacio. Su pene erecto sale disparado, no llevaba ropa interior. Se toca un poco y veo como aparece una gotita de líquido preseminal en la punta. Me apetece lamerle, necesito hacerlo.

Me pongo de rodillas delante de él, sin apartarle la vista en el proceso. Esos ojazos lo dicen todo, me desean y desean mi boca, no le hace falta hablar. Saco la lengua y lamo la punta, suave, fugaz. Doy unos golpecitos y su polla se mueve. Lo descapullo y lamo su glande y no puede evitar gemir. Como si fuese mi caramelo lo chupo, giro mi boca, vuelvo a apartarme, muy suave.

«Echaba de menos esa boca…»

Sigo saboreando mi «caramelo» y me adentro un poco más. Se agarra a la silla y echa la cabeza hacia atrás, reprimiendo un gemido. Al otro lado de la puerta hay gente trabajando, no estamos solos. Y quizá sea eso lo que me pone tan cachonda.

«Qué morbosa eres, cómo me gusta…»

«No lo sabes bien…»

Sin parar de sonreírle y de mirarle con cara de lascivia, sigo metiéndome su polla en la boca. Quiero llegar hasta el límite de mi garganta, quiero comerla entera. Dura, gruesa, de buen tamaño, jugosa… Qué delicia. Emite un gruñido muy bajito, y mueve su pelvis. Empieza despacio, intermitente, y en unos segundos me está follando la boca.

«Oh, Mónica, qué boca… Ufffff»

Me ahogo un poco y me separo, con cara congestionada. Me acaricia y me mira con ternura. Me ayuda a levantarme y atrae mi coño hacia su boca. Aparta un poco la braga e introduce su lengua, que busca mi clítoris. Estoy muy mojada y noto cómo se le moja la nariz mientras me mira. Lame, de abajo hacia arriba, golpea levemente, se separa, me pregunta con la mirada si quiero más. Hago un gesto afirmativo, muy excitada. Le agarro del pelo y le guío, me da mucho placer. Tengo que reprimir un grito…

Me empuja hacia la mesa y se levanta, con la polla dura y chorreante directa hacia mi coño caliente. Me penetra y me besa, su lengua ansía mi boca, la pasión se apodera de él. Le correspondo y me dejo llevar, abandonándome al momento. Me está follando el jefe, ajeno a todo. Menudo modo de trabajar, ummmmm. Empuja, me embiste acelerando el ritmo y sé que no hay marcha atrás. Noto su miembro deslizándose dentro de mí, me llena. Estaría follando todo el día con él si fuese necesario, no se imagina cuánto me gusta. Pero ahora no hay tiempo…

«Cómo me pones, joder. Te lo voy a dar todo. Todo, sin límites. Me encanta follarte.»

«Fran, voy a correrme…para …»

«Si nena, córrete conmigo, con mi polla dentro. Dame este momento…»

No podemos frenar, unos espasmos recorren mi cuerpo. Latigazos de placer me invaden y me abandono al momento. Son segundos que saben a gloria. Tengo que morderme el labio para no gemir, no podemos llamar la atención. Noto cómo se tensa su polla, se endurece, emite un sonido en mi oído, noto un chorro caliente, me llena por dentro. Le abrazo mientras termina de correrse. Nos miramos a los ojos. Me encanta la cara que pone un hombre recién follado, es dulce y tierna, y a la vez, oscura. Lo dejo un rato en mi interior y nos besamos, dejamos que unas caricias nos calmen. Ha estado increíble.

Se aparta suavemente y un reguero de semen se escurre de entre mis piernas.

Nos limpiamos, nos recomponemos y terminamos de ordenar unos papeles para que pueda seguir trabajando. Afuera parecen no haberse enterado de nada, pero han sido unos minutos de gloria. Sexo rápido en la oficina.

Me besa y me dan un abrazo, susurrándome al oído:

«Luego comemos juntos, espérame».

¡Feliz año 2022!

Mis mejores deseos para este nuevo año a pesar de la situación de incertidumbre y hartazgo que estamos viviendo. Sigo pensando que, si disfrutásemos más de nuestro cuerpo y lo tratásemos como se merece, nuestra salud mental estaría en mucho mejor estado.

Un orgasmo diario, entre los propósitos de año nuevo. Mucho placer (y autoplacer) y seguir con la búsqueda de nuevas sensaciones. El deseo no disminuye con el tiempo, sólo se transforma.

Feliz año nuevo.

Capítulo 5. El capó.

Marzo del 2021. Ya liberada de toda atadura con mi ex, y a un mes de recibir los papeles de mi separación, comenzaron a mejorar los casos de COVID y el gobierno autonómico anunciaba próximas medidas de alivio. Una semana antes de que entrasen en vigor, yo ya no aguantaba más la espera.

Había estado alojada todo ese tiempo (desde octubre) en casa de mi madre, y aprovechando que ésta trabajaba en horario nocturno, le enviaba grabaciones masturbándome. Todo mi arsenal de juguetes estaba a buen recaudo, en el almacén de mi local, y solamente tenía que escoger alguno a diario y esconderlo en el bolso. Poner la cámara en la cama, desnudarme ante ella y jugar con mi coñito como si él estuviese delante. Activar el máximo de potencia del vibrador, acariciar mi clítoris, empujarlo para que entrase… Era todo un poco frío, pero mis necesidades de placer son amplias y sin «carne», los juguetes volvieron a convertirse en mis mejores aliados. Al día siguiente, el juguete tendría que volver de vuelta al local, a salvo de manos curiosas.

Volver a vivir en casa materna, después de 13 años, se me hizo pesado; pero era donde podía alojarme mientras no encontraba un piso cerca del trabajo.

Durante estos meses creé perfiles en algunas webs de contactos, pero, como dicen mis amigas: «el mercado está fatal». De alguna acabé aburrida, de otras asustada por los perfiles de energúmenos en concentración elevada, y así sucesivamente. Seguiría intentándolo más adelante, pero, a día de hoy, siguen sin aportarme nada. Me he cansado de fanfarrones y fotopollas, tíos guapísimos y narcisistas, hombres atractivos pero aburridos. Me he vuelto tan exigente que no hay ninguno que me aporte nada en especial. Pero es que necesito serlo, después de todo lo vivido.

Necesitaba verle. Después de investigar las normas y parámetros de aplicación, conseguí averiguar que el hecho de ser autónomo me permitía viajar fuera de los cierres perimetrales siempre y cuando aportase documentación relativa. ¡Qué tarde me había enterado! Sin más, le propuse encontrarnos un viernes muy temprano,  tendría que coger el tren que salía a las 6:35 de la estación situada a 10 mnts de donde vivía, pero a cambio del madrugón, estaría 5 horas seguidas con él. Necesitaba tiempo, ansiaba tocarle, lamerle, follarle, darle todo el placer del mundo. La noche anterior apenas conseguí conciliar el sueño, estaba nerviosa por el hecho de que me pidiesen identificación o no me dejasen subir. Tenía que verlo, como fuese.

El día amaneció mucho después de que me pusiese en camino. Sabía que la estación estaba en obras y era la primera vez que tendría que acceder por uno de los futuros accesos permanentes que tendría la mole arquitectónica de la estación intermodal y centro comercial. Bajé un poco más deprisa las escaleras mecánicas y llegué al dispositivo que emitía los billetes de tren. Ya lo tenía en mi poder, un poco más y estaría en el vagón rumbo al ansiado destino.

Después de un breve tiempo de espera, pasé el control con una bolsa cargada de gel lubricante y algún juguetito sin que me llamasen la atención al respecto y me encaminé al último tramo de escaleras. Iba más despacio, llevaba un body con medias incorporadas y una cremallera que comenzaba en mi pecho y terminaba en mi entrepierna por encima de un vestido mini ajustado. Por el rabillo del ojo, vi como algún transeúnte me observaba fijamente, no sabía si estaría llamando excesivamente la atención con mi vestidito así que me tapé un poco. Mis bragas empezaban a mojarse antes de arrancar el tren, estaba impaciente. Le envié unas fotos de mis piernas y él me envió una de su erección. ¡Qué ganas de tocarle!

Llegué a destino y casi tengo que bajar corriendo, pues tales eran mis ansias por verle. Allí estaba con su coche nuevo, esperando en el parking, como siempre. Estaba muy húmeda, el simple hecho de saber de nuestro encuentro hace que me ponga muy caliente. Podría tenerle a 10 metros y estar excitada, así es el efecto que ejerce en mí y que perdura en el tiempo.

Ya en el asiento del copiloto, me abalancé sobre él y dejé que mi boca le poseyera, jugando con nuestras lenguas y dejando que nuestras manos cobraran vida propia. Metió sus dedos entre mis piernas y apretó, necesitaba que me penetrase ya, estaba empapada. No pude resistirme a bajar y liberar su polla para después devorarle con ganas, mamando como si no hubiese un mañana y a plena vista, ya que no fue capaz de apagar la luz interior del coche. En cuanto me incorporé, me llamó la atención sobre un operario que observaba el coche a lo lejos y me invadió cierto pudor.

«¿Le conoces?».

«No.»

«Pues yo tampoco.»

Arrancó el motor y me llevó a otro lugar y, cómo no, se la fui chupando durante el trayecto. Quería saborearlo a fondo, hacía mucho tiempo ya…

Llegamos a una explanada frente a un campo de fútbol. Todavía era muy temprano y no había amanecido, la luna llena brillaba sobre un cielo totalmente despejado y la temperatura era bastante agradable a pesar de la época del año en la que nos encontrábamos.

Bajé la cremallera del body y expuse mi coño a su disposición, para que metiera sus dedos y notase lo mojada que estaba. Me encantan sus manos, grandes, hábiles, más de una vez me he corrido en ellas. Y no hace más que mejorar, he estado a punto de tener un squirt sobre ellas. Su lengua lame mi coño como si se tratase de un manjar y mi clítoris palpita. Quiero más. Lo quiero todo, todo para mí, durante el poco tiempo que estamos juntos. Salimos del coche ya muy cachondos. Una de mis fantasías más anheladas era follar en el capó de un coche, y esa mañana iba a pasar a la lista de las ya cumplidas. Me recostó sobre el capó, ya con el body abierto en mi coñito y allí mismo metió su boca. Me lamió, me succionó, me transportó al paraíso. Y no podría aguantar mucho más, introdujo su polla en mi coño empapado. Como siempre, el placer infinito de la primera penetración es indescriptible, muy placentero, pero en ese lugar era mejor todavía. Empujó con ganas y me hizo sentir en el cielo, me llena con su polla gruesa, se mueve como nadie, me hace sentir tanto placer…

«Mira la Luna, está tan bonita como tú.»

Y allí, con el satélite blanco como testigo, sucumbí al placer que me daba. Llegado el momento, suelo entrar en una especie de trance en el que no me importa nada, sólo nuestros cuerpos. Abierta de piernas, con el abrigo y el vestido puesto pero mi coño a su disposición gracias a un body con cremallera, notaba todas y cada una de sus embestidas con el placer que da el anhelo, el deseo a distancia. Me dio la vuelta y siguió follándome con ganas. Recuerdo que intentaba taparme pero yo no tenía frío, sino todo lo contrario, tenía demasiado calor.

«Voy a correrme. Ufffff…»

«Córrete. Quiero correrme contigo.»

Lo cierto es que ya llevaba más de un orgasmo, mi cuerpo reaccionaba a su roce, me encantaría poder follar todo el día (con sus pausas esenciales), nunca me cansaría de él. Comenzó a agitar la respiración, escuchaba sus gruñidos, lo notaba muy excitado y allí mismo, echada sobre el capó y con una carretera a nuestras espaldas, me llenó de su leche. Ése momento es sublime, su polla se endurece muchísimo, se tensa, respira agitado, su rostro se dulcifica y se abandona al placer y su semen se cuela con una sensación ardiente, quema. Me lo da todo.

Nos arreglamos un poco y el resto de la mañana la pasamos en un motel. Estaba algo cansada de no haber dormido bien, pero quería seguir disfrutando todo lo posible de su compañía. Me gusta cabalgar en su polla, enjabonarle en la ducha y arrodillarme para chupársela (tiene un sabor delicioso), que me ponga a cuatro patas y me folle como un animal… Todo es delicioso si es él quién lo hace.

A la semana siguiente se abrieron los cierres perimetrales y pudimos vernos más a menudo. Tenía una lista de asuntos pendientes y entre encuentro y encuentro en moteles, hemos pasado por situaciones muy divertidas.

Continuará. Y seguirá siendo tan divertido o más.

¡Feliz Navidad!

Mi carta a Papá Noel contenía cosas muy diferentes a las que me trajo, de las cuales no me quejo. Pero no me gusta tanto lo material como las sensaciones.

Yo deseé una mañana de pasión. Que me dijesen ¡Feliz Navidad! al oído mientras una mano calentita se desliza hasta mi coño y me acaricia. Deseé que me follasen lento y me comiesen a besos. Pero me ha traído un molinillo de café, una batidora y un perfume de Gaultier. Y me han gustado mucho también.

Para el año, quién sabe…

La secretaria

Ilustración por Sonia Monroe

Hacía calor en la oficina. El verano llegó de repente apretando fuerte tras una primavera fría y lluviosa. Llevábamos dos días con el aire acondicionado encendido, pero había rincones a los que no llegaba del todo. Obviamente, en 500 metros cuadrados de espacio, es imposible mantener el ambiente fresco cuando fuera se está a 39 °C de temperatura. Así que esa semana decidimos llamar para que instalasen una aparato adicional y tuve que encargarme personalmente de ello.

Fran, mi jefe, era un tío atractivo de metro ochenta y cinco de altura. Moreno, fibroso, bien afeitado, con un pelo abundante que domaba con gel fijador, provocaba suspiros en todas las féminas que le rodeaban. Resultaba irresistible con ese aire de superioridad y una planta envidiable, combinado con un enorme carisma, no había negocio que se escapase a su dominio. Y, sin embargo, no me resultaba para nada atractivo. No soporto a los tíos trajeados, no hay nada que me provoque mayor aversión. Y Fran tenía que vestir de etiqueta a diario. Además, soy de las que opinan que los hombres tan guapos son extremadamente aburridos, y lo digo por experiencia. Cómo me equivocaba en ese momento…

Mi nombre es Mónica y soy la secretaria del jefe, una tía nada impresionante: rellenita, muy pálida, de estatura media, me gusta pasar desapercibida y no visto prendas atrevidas. No me considero fea, tengo unos rasgos agradables:ojos grandes, labios carnosos y una nariz pequeña; la típica cara de niña buena. Soy optimista, risueña, nerviosa y me gusta aprender. Tengo una curiosidad innata por las situaciones nuevas.

Me divierte enormemente ver a las mujeres pasar al despacho de Fran con cara de depredadoras. Pobrecillas, no saben que es un hombre extremadamente formal y aburrido, nunca da pié a nada y corta en seco si ve que hay intención alguna de acercamiento. La de intentos frustrados de flirteo que he visto… Vienen con faldas muy cortas, algún botón de la camisa desabrochado, bañadas en perfume penetrante y bien maquilladas. Es todo un show ver día tras día aquel desfile de modelos jóvenes y guapas, pero con el cerebro tan pequeñito. Y aún así, nunca he visto peligrar mi puesto a pesar de que sé que me envidian. No soy un pibón pero soy mucho más rápida en todo que ellas y lo he demostrado en multitud de ocasiones. Soy educada y formal, en apariencia, porque por dentro soy puro fuego (pero muy, muy selectiva con los hombres). Y paso de mi jefe, con sus pintas de ejecutivo. Quizá por eso nos llevamos tan bien, no está acostumbrado a que las mujeres ignoren sus encantos y yo nunca le he dado pié a nada. Llevamos una relación profesional excelente y nos entendemos de maravilla.

Ese sábado había demasiado trabajo, y es que trabajar en una energética con los tiempos que corren, es algo intenso. Teníamos que enviar varios expedientes y un informe que tenía que ser entregado al lunes siguiente. Con la ola de calor, el exceso de trabajo se llevaba muy mal y nos estaba afectando, íbamos ralentizados. La mitad de la plantilla estaba ya de vacaciones en pleno mes de julio y nuestro turno de trabajo acababa a las 14:00. Todo lo que se trabajase ese día era considerado horas extra y esta semana llevábamos unas cuantas. Nadie estaba dispuesto a sacrificar más horas y se había avisado varias veces de la necesidad de contratar más personal pero, como era algo puntual, mi jefe no lo consideró.

Se acercaba la hora y empezaron a apagar los ordenadores. En ese momento quedábamos tres personas trabajando y la única soltera sin cargos era yo. Los demás querían disfrutar del sábado en familia y era algo sagrado. Fran sabía que yo no tenía ese problema y me convenció para quedarme un par de horas más. Me prometió que, al salir, me invitaría a comer y me recompensaría por mi esfuerzo. No era la primera vez que comíamos juntos, solía ser habitual cuando hacíamos horas extra. Y allí estaba yo, sola con el jefe y delante de un ordenador tras 6 horas de trabajo extra un sábado de verano, sin un refrigerio de por medio. No veía el final de mi jornada y el cansancio acumulado de la semana estaba empezando a afectarme al humor. El día anterior había estado encerrada 10 horas en esa oficina y necesitaba urgentemente tirarme en un sofá y no pensar en nada. Soy muy activa a todos los niveles, pero también soy humana.

Estaba empezando a desesperarme cuando Fran salió del despacho.

«Mónica, es un último esfuerzo, supondrá un ingreso adicional y te daré días libres. Sé que puedes con esto, eres una crack y nadie más que tú puede hacerlo.»

Sus palabras me animaron, me miraba directamente y sé que era sincero. Sus ojos, de un verde azulado, contrastaban con su tez morena y al acercarse pude distinguir las notas de ámbar de su perfume. Era increíblemente guapo pero no era para nada mi tipo. Aún así, ese día note cierta atracción por él, seguramente fruto del cansancio y de que llevaba un par de meses sin follar.

«Por cierto, me gusta el vestido que llevas hoy. Nunca te lo he dicho pero me pareces una mujer estilosa, nada vulgar. No te hacen falta adornos para resultar atractiva.»

Guau. Eso, viniendo de él, era todo un halago.

«Mira, llevamos muchas horas seguidas y necesito un parón. En la nevera tengo una botellita de champán y unos aperitivos, vamos a parar 5 mnts y seguimos. ¿Te apetece?»

«La verdad es que empiezo a necesitar frenar, no he parado en toda la mañana y empieza a dolerme la cabeza. Acepto tu propuesta.»

¿En qué estaba pensando? Tomarme una copa con el jefe era algo muy extraño, pero excitante y me gusta la sensación de lo nuevo, lo desconocido. Era una propuesta difícil de rechazar.

Entramos en su despacho y me invitó a sentarme en un sofá de tres plazas. En ese momento, me pareció el sitio más confortable del mundo. Sacó una botella de champán, dos copas y un cuenco con encurtidos y lo puso sobre la mesita situada frente al sofá. En lugar de sentarse en el sofá monoplaza que tenía a un lateral, decidió sentarse a mi lado. Empecé a ponerme nerviosa,no sé dónde quería ir a parar.

«Por el trabajo bien hecho. Y por el deseo de un verano tranquilo.»

Aparté el sentimiento de desconfianza y brindé con él. Era una bebida excelente, no era a lo que estaba acostumbrada. Suelo decir que el espumoso de Albariño es mi favorito, pero éste tenía unos matices exquisitos. Me terminé la copa, fría y agradable, y me sirvió otra. Comí un par de encurtidos del cuenco y estuvimos charlando un rato de los pormenores del informe. No me di cuenta de que estaba demasiado cerca y me asusté un poco. Soy tímida y me sentí un poco inquieta. No estaba resultando desagradable, creo que el efecto del alcohol hacía que considerase atractivo a aquel tío trajeado.

«Ufffff, qué calor hace…¿Te importa si me quito la corbata?»

Y ahí estaba él, sin corbata y con un par de botones de la camisa desabrochados que dejaban entrever unos pectorales firmes y un vello escaso. La que estaba empezando a sentir calor era yo…

Seguimos hablando del trabajo que nos quedaba por delante sin más, pero lo sentía muy cerca. Nos habíamos bebido la mitad de la botella y empezamos a bromear.

«¿Sabes qué? Me resulta curiosa tu actitud, Mónica. Por aquí pasan miles de mujeres interesadas, y, día tras día, observo que mis encantos son anulados ante tu presencia. Soy un hombre muy seguro de mí mismo y sé el efecto que ejerzo en las demás, pero a ti te da igual. Y eso es lo que me fascina, me atrae muchísimo. Es un placer poder hablar con una mujer sin notar la sensación de que está flirteando. La invitación a la Copa era, además de una pausa necesaria, un intento de acercamiento. No sé cómo romper tu muro pero es algo que llama mucho mi curiosidad.»

«Ah…es interesante saber eso. No es algo en lo que piense a menudo, yo aquí vengo a trabajar.»

«Si, pero… Mónica, tengo que confesarte algo: me pones mucho. Me pone que seas una mujer tan normal, tu aire distraído, tu saber estar… No soporto seguir fingiendo que no me atraes. Hay ocasiones en las que te mando venir a mi despacho y no es para ningún asunto urgente, a pesar de que así lo parezca, es por tenerte unos segundos en exclusiva para mí, para poder verte y olerte. Fue una sensación que crecía con el paso de los meses, y ya no podía aguantar no decírtelo.»

Me quedé con la boca entreabierta y cara de boba. El jefe se me había declarado. Estaba en shock y así, en ese estado, recibí un beso jugoso, y una lengua que penetró entre mis labios y buscaba aliarse con la mía. Me dejé llevar, ajena a todo. Estábamos solos, no podía pasar nada pero…¡Era mi jefe!

Sus manos empezaron a acariciar mi rostro, me cogía a ambos lados intentando que mi boca no se separase de la suya. Yo seguía estática, estaba en un limbo, era demasiado para mí. Sus labios, su cuerpo, su manera de besar… Me estaba entrando mucho calor y notaba que mi entrepierna reaccionaba a sus caricias. Mi respiración comenzó a agitarse y no resistí el impulso de abrazarle, de acercarle más a mí. No quería que frenase.

De un movimiento, conseguí zafarme de sus brazos y me coloqué encima suya. Mis piernas abiertas se sentaron sobre su pubis y comenzaba a notar un bulto a través de su ropa. Sin separar nuestras lenguas, deslizó mis manos por mi cintura hasta llegar a mis glúteos y apretó firmemente, guiándome sobre su erección.

«Joder, Mónica, qué culo tienes…».

Se rozaba constantemente y se estaba alterando demasiado. Podía notar sus latidos en mi pecho. Con una mano, desabrochó un par de botones del escote de mi vestido camisero y dejó mi pecho al descubierto. Llevaba un sujetador fino, ligero, que transparentaba unos pezones duros, listos para ser mamados. Enterró su cara entre mis pechos y me lamió de lado a lado, mordisqueando levemente en las zonas que más loca me ponían. Me bajó en vestido por delante y tiró del sujetador hacia arriba, dejando que mis tetas rebotasen en libertad. Me encanta que me chupe los pezones y me devore a gusto, me pone muy cachonda. Mientras succionaba, me agarra de nuevo del culo y apreta contra su polla, quiere liberarse de su encierro, está muy excitado. Me levanta bien agarrada y me deposita sobre el sofá para arrodillarse entre mis piernas.

«Huele a coñito mojado, caliente, sabroso… Voy a comérmelo, tengo mucha hambre. Hoy no he desayunado.»

Entierra su rostro y de un tirón, rompe mis bragas, dejando mi sexo anhelante de su boca. Lame, chupa, para y me mira.

«Quiero más, me lo voy a comer entero.»

Prosigue con su labor mientras yo me retuerzo de placer. Joder para el jefe. Esto es una locura, mucho mejor que todas las citas de Tinder del último año. Me voy a correr en breves, y se lo hago saber. Para y mete sus dedos, empujando hacia arriba. Siento que me meo, no puedo frenarlo y un chorro sale disparado hacía él acompañado de un orgasmo muy intenso. Grito de placer, no puedo callar…

«Así me gusta, preciosa. Qué te corras para mí. Ahora voy a darte polla, te la mereces».

Se desabrocha en pantalón, ya le aprieta demasiado, y un miembro de buen tamaño y grosor sale disparado como si fuera un muelle de sus boxer.

Introduce el glande, un poco, y se aparta. Me mira fijamente y se relame. Lo introduce un poco más, y vuelve a apartarse. Se ríe. Vuelve a la carga de nuevo y me mete la polla entera, apretando, sintiéndolo todo. Se aparta, empuja, acelera, gruñe.

«Eres deliciosa, pequeña. Estás tan mojada y mi polla tiene tanta sed de ti…».

Sigue follando con ganas y no sé cómo, me levanta en brazos sin retirar su polla de mi coño y me sube a la mesa. Para, respira un poco, sé que está a punto. Se separa y me empuja hacia una ventana. Mis pechos son apretados contra el cristal, estoy atrapada por su cuerpo. Sin mediar palabra, mete su polla de nuevo en mi coñito desde atrás. A cada embestida, mis pechos se aprietan más y más contra el cristal, tiene que ser un poema mirarme desde la calle, completamente desnuda y apretada. Me doy cuenta de que un vecino del edificio de enfrente nos está mirando, y no puede evitar acariciarse la bragueta.

«Fran, mmmmmm, tenemos espectadores…para…»

«No voy a parar, vas a correrte con mi polla 20 veces seguidas si es necesario. Y que nos vea quien sea, desnudos somos todos iguales.»

Y así, con esa seguridad y descaro, me giró para ponerme de lado y permitir que nuestro «vouyeur» se deleitase con un mejor plano de nuestros actos. Se separó un poco y escupió sobre mi ano para, acto seguido, meterme un dedo.

«¿Te gusta que te folle el culo, muñeca?»

«No lo sé, prueba, jefe…».

Empieza a mover su dedo y vuelve a escupir. Introduce otro y consigue dilatar un poco mi apretada entrada trasera. Mueve sus dedos sin parar de follar, sin que pierda un ápice de mi excitación. Cesa de follarme el coño y acaricia la entrada de mi culo con su glande. Vuelve a escupir en su polla y se empapa bien, para seguir apretando. Entra un poco, y la mantiene ahí un rato. Otro empujón y entra un poco más. Tiene una buena polla y debe ir con cuidado para no lastimarme. Sigue dentro, empujando muy despacio, manteniendo en el sitio, hasta que consigue traspasar el umbral. Ya está toda dentro. Sigue quiero un rato y empieza a moverse, sin sacarla. La sensación es intensa, me gusta, y mucho. Me folla el culo suave pero continuo, mirando de vez en cuando a nuestro espectador que lleva tiempo masturbándose sin quitarnos ojo. Con una mano sigue sujetando mis caderas y con la otra, le da unos golpecitos a mí clítoris alternando con la introducción de sus dedos. Es una sensación deliciosa.

«No aguanto más, me voy …»

«Espera nena, me falta muy poco, tengo los huevos a reventar, quiero llenarte entera…».

Dos minutos, un escalofrío, varios espasmos y un placer infinito durante unos segundos que supieron a gloria. Mi culo se llenó de su esperma caliente, resbalando por mi pierna. Me dejé caer en el suelo, exhausta, con su leche rezumando fuera de mi cuerpo. Él se tumbó a mi lado, como si fuésemos dos críos que acababan de perder la virginidad. Me miró con devoción y me habló:

«Lo necesitaba. Lo necesitábamos. Y sabes que esto no termina aquí. Eso sí, tendremos que ser un poco cautos para que el resto de la plantilla no sospeche. ¿Te unes a esta aventura conmigo?»

Follar en un probador

Creo que la fuente que emana fantasías es infinita por más que nos empeñemos en cumplirlas, siempre surgen ideas nuevas que engordan la lista de asuntos pendientes.

Yo he cumplido muchas. Pero no todas. Una que siempre ha estado pendiente es la de follar en un probador.

Un día cualquiera vamos de compras, necesito lencería y un vestido nuevo, pero me hace falta algo de ayuda. Entramos en un centro comercial donde hay multitud de tiendas y aprovecho para probarme algún conjunto lencero de encaje, algo sexy pero fácil de sacar. Me decanto por varias opciones en granate y azul marino, todas en encaje transparente. Mientras lo escogemos, lo llevo de la mano y le susurro si con ese conjunto me follaría con ganas. Me lo pongo por encima de la ropa, doy una vuelta, y observo su expresión. Me gusta alargar la espera y ver cómo se va calentando, sé que desea ir al grano, pero esto es tan divertido… Paso al probador yo sola, no puede entrar conmigo en esta tienda, pero aprovecho para sacarme fotos y enviárselas, alguna con el sujetador puesto y algún que otro vídeo tocándome mientras dejo que vea mis tetas en libertad mientras las apreto y una rajita que se asoma por el lateral de la braga que aparto con dos dedos.

«¿Me follarías ahora?»_ Le escribo.

«No voy a poder aguantar mucho sin hacerlo.»_Me responde.

Cuando estoy esperando en la cola para pagar, me mete mano por debajo del vestido, manosea mi culo y con un dedo aprieta entre mis piernas, como si quisiera atravesar con sus dedos el pantie que llevo puesto. Me estoy poniendo muy cachonda y creo que voy a cometer una locura. Le cojo de la mano y vos a otro sitio a probarme un vestido, pero aquí sí que le dejan pasar dentro. Escojo unos 5, aunque sé que solamente probaré uno, el que realmente me interesa. El resto, es tiempo que ganamos dentro del probador.

Le pido ayuda con la cremallera de mi vestido y aprovecha para deslizar su mano por mi culo y acariciarme el lateral del cuerpo. Se detiene en mis pechos con una mano mientras la otra se entretiene con mi entrepierna. Apreta un poco, me estruja una teta, suelta y me aparta el pelo para besarme en el cuello. Noto su lengua subir hasta mi oreja y me torsiono para buscar su boca.

No podemos hacer mucho ruido y quizá este aspecto añada diversión. Es un morbazo tocarse en el probador y me estoy emocionando. Muy despacio, me baja la cremallera y frente al espejo me saca el vestido dejando que se vea bien el escote. No puedo apartar la vista de sus ojos que emanan deseo y me avisan de que voy a salir de allí bien follada. Deja mis pezones al aire de un tirón y juguetea con los dedos mientras aprieta su polla contra mi culo. Puedo sentir cómo se está endureciendo, y me humedezco más, hasta el punto de que mojo las bragas. Deja caer el vestido y baja un poco los panties, lo justo y suficiente como para meter su mano por dentro de mi braga.

«¡Joder, estás empapada!».

«Así me haces sentir. Bien cachonda.»

Presiona un poco entre mis labios en introduce dos dedos que juguetean con mi clítoris y se adentran en mi coño mojado. Mueve un poco la mano y abro los ojos, me muerdo el labio, no puedo gemir pero he estado a punto. No retiro la vista de sus ojos reflejados en el espejo, se está divirtiendo y sé que no acabará aquí.

«Tócate, gatita, voy a meterte la polla pero no quiero que pares de sentir placer.»

Me masturbo mientras se desabrocha el cinturón y los botones del pantalón. De un solo gesto extrae su pene duro y mojado. Me penetra despacio mientras abro la boca y cierro los ojos. Uffff, quiero que no lo saque hasta que acabemos. Me encantaría tenerle todo el día dentro, me hace sentir mucho placer.

«Querías polla, y te la voy a dar aquí y ahora.»

Me folla lento, profundo, apreta fuerte. Veo cómo mis tetas oscilan con cada arremetida, y me miro abierta de piernas de espaldas a él con la cara desencajada de placer. Me da todo lo que deseo, el placer infinito de tenerle dentro duro y caliente. Empuja más rápido, mis tetas no paran de botar, sigo en silencio pero me está costando mucho.

Me da la vuelta y me apoya contra el espejo. Me come la boca con ganas, como si bebiese de mí, y baja hasta mi coño. Lame, succiona, su lengua es sublime. Le agarro la cabeza y le empujo para darle a entender que quiero más. No aguanta demasiado y vuelve a follarme y a no despegar su boca de la mía. Ya me he perdido, no hay marcha atrás, quiero correrme con su polla dentro y se lo hago saber. Me gusta tanto…

Sigue empujando y mira con devoción cómo cambio mi gesto y me abandono al placer. El orgasmo aparece como una descarga eléctrica, muy placentero. Sin parar de follarme, pero más despacio, deja que me recomponga y me invita a agacharme. Le chupo la polla como si estuviese famélica, quiero tragarme la leche que está a punto de llenar mi boca.

«Nena, qué boca tienes…»

Sigo, no paro, quiero saborearlo. Él frena, no se mueve, va a correrse, me mira con esa cara tan bonita que pone cuando está disfrutando al máximo y se abandona al placer. Abro un poco la boca y un reguero de semen se escurre por el lateral de mis labios, pero lo devuelvo con un dedo hacia su lugar. Ha sido rápido, pero intenso. Otra fantasía cumplida. Una más de muchas.

«¿Te gusta cómo me queda el vestido?»

«Me encanta.»

Capítulo 4. El cambio.

Después de los meses del verano post- confinamiento, volvimos a vernos una vez más. Era un domingo de septiembre, hacía bochorno y el cielo estaba encapotado. Salí de casa con la excusa de ir a ordenar y preparar la jornada del día siguiente en mi local. Mi marido estaba especialmente espabilado esa mañana pero dejé solo y me marché caminando muy rápido, ya llegaba tarde y no quería hacerle esperar. Tenía muchas ganas de tenerle dentro, se me hizo un mes muy duro sin poder tocarle. Lo necesitaba, ansiaba su cuerpo.

Al llegar, estaba esperando en la puerta. Desde la acera de enfrente, un escalofrío me recorrió el cuerpo y los segundos que tardé en cruzar se me hicieron eternos. Intenté mantener la compostura para no atacarle en la calle ya que le tenía muchas ganas. Entrando en el local me llevó hasta un hueco detrás de unas verjas de madera que dividen visualmente el espacio y donde colocaba habitualmente unas sillas altas. Sin mediar palabra, me dio un beso con lengua, dándome a entender lo que me esperaba a continuación. Había ganas, y muchas, y no dio tiempo a rechistar. En un par de movimientos, tenía mi coño a su disposición, listo para ser saboreado por esa lengua que sabía cómo buscar mi placer. Paró, abrió un poco más mis piernas, sacó su polla y me penetró sin mediar palabra. Me quedé impresionada, quería pararle porque podían vernos al otro lado, desde la calle, pero fue tal la sensación que no fui capaz. Esa primera entrada me encendió más de lo que ya estaba, quería que me follase duro allí mismo, me encantaba sentirlo tan dentro y tan caliente… Estaba muy mojada y notaba cómo se deslizaba dentro. Era delicioso, sólo me apetecía agarrarle del culo para evitar que se escapase. Cada vez que alguien se paraba en el escaparate, paraba un poco y seguía. En un momento dado, se separó y nos dirigimos al fondo, donde no pudiésemos ser vistos, y seguimos follando. Me encantan las mañanas con él, hace que dos horas equivalgan a 5 minutos. Soy capaz de correrme una decena de veces y seguiría un día entero, aún con pausas, creo que nunca me cansaría de tenerlo dentro.

Y llegó octubre. De nuevo, otro domingo de mañana, sólo que ese día sí que ciertamente iba a ordenar el almacén. Aproveché para hacerle un streaptease, grabarlo y enviárselo; como hacía a menudo. Desconocía que lo que iba a ocurrir esa tarde cambiaría mi vida para siempre. Ya de tarde, salí a pasear con mis amigas y nuestros perros, una actividad de lo más inocente y volví tan contenta a casa que me despisté de borrar las conversaciones del móvil y de llevarlo conmigo mientras bañaba a mis peludos. Estaba al final de mi matrimonio y, aunque la fecha marcada para mi partida era a la semana siguiente, todo se aceleró. Sonó una llamada que no escuché, salí del baño y me  encontré a mi marido fisgoneando en mi teléfono. Lo había subestimado, aprendió la clave de desbloqueo y allí estaba viéndolo todo. Me había descubierto. Mostró el vídeo con la grabación de esa mañana y lo acompañó con un montón de barbaridades salidas de su propia boca. Hizo ademán de levantarme la mano y tuve que prepararme para recibir un golpe que nunca llegó, estaba en clara desventaja, él era mucho más grande y no tenía escapatoria. Bajó la mano y, muy serio, me echó de casa. Fue el principio del fin y ahora sé que debería haberlo hecho mucho tiempo atrás.

Llevaba meses haciendo una mudanza a mi manera, sutil y silenciosamente. Todo estaba pensado y se lo dije a mi «carcelero». El hecho de que me descubriesen era un detalle que había acelerado mi partida, la fecha estaba fijada de antemano para la siguiente semana. Llené dos maletas con lo que pude recopilar, cogí a los perros, a los pájaros, a mi dignidad y 20 años de relación tóxica (la mitad de mi vida) y me marché de allí. Lo que vino después está borroso, y no recuerdo con exactitud el proceso, sólo sé que vivía en una nube y pensaba que aquello era una pesadilla de la que no conseguía despertar.

No me arrepiento de nada, la infidelidad me devolvió las ganas de vivir, impidió que me apagase por completo. Soy como una llama que no se apaga, y he estado a punto de extinguirme. He descubierto rincones placenteros de mi cuerpo, hice realidad muchas fantasías (y las que me quedan), reviví el morbo de la clandestinidad y volví a disfrutar del sexo. Sentirse deseada de nuevo es una sensación muy grata, y más cuando durante todos esos años de matrimonio se generaron tantos complejos absurdos. No sólo fue un cambio de rutina, fue una liberación. En resumen: reviví (del todo), me sentí poderosa y puse fin a aquel calvario.

El viernes siguiente a mi partida, habíamos quedado para vernos. Pero, en ese momento, urgían otros asuntos: la mudanza, abogados, papeleos de la niña, etc… Necesitaba tener la cabeza centrada.Me arrepentí de no haberle visto, porque, de nuevo, volverían a prohibirnos la movilidad por nuestra comunidad; y, por lo tanto, no lo tocaría en meses. Y se me pasó tan lento… Vivir en la casa materna de nuevo fue toda una odisea, aunque al principio dormía noches sola y podía masturbarme con mis juguetes (y mostrárselo todo en vídeo). Poco duró esa sensación de libertad, puesto que mi madre dejó de trabajar por las noches, viéndome obligada a buscar escondites para hacernos alguna que otra videollamada que no calmaba el creciente deseo. Eran demasiadas las ganas. Aunque me gustan los juguetes, no hay nada que sustituya a la carne. Me gusta jugar con los dedos tocando fugazmente el clítoris, golpeándolo suavemente, e introducir el dedo corazón en mi vagina, al que le siguen los otros dos dedos adyacentes. Cuando quiero más, activo mi vibrador favorito y lo dejo posado sobre los labios externos, empujando muy lento y moviendo hacia los lados, abriéndose paso. Y, cuando ya estoy bien mojada, lo introduzco y le doy unos meneos. Me gusta ponerlo al máximo de vibración, adoro las sensaciones fuertes. Lo empujo, lo saco, observo cómo se empapa, lo vuelvo a meter y así sucesivamente, hasta que llego al orgasmo fantaseando con la idea de que es él quien me posee.

De enero a marzo tuve que aguantarme las ganas. Pero nos reencontramos cuando la situación se calmó. Lo que viene a continuación, es el germen de otro capítulo.

El club

Era un sábado de verano. Hacía calor, y las noches se aprovechaban mejor que el día. Era muy gratificante poder sentarse tranquilamente en una terraza y conversar con una copa en la mano. O dar un paseo por la playa, de noche, sintiendo la brisa acariciando el cuerpo. O probar un restaurante nuevo. Cualquier plan es perfecto en esta época del año, sobretodo si no llueve.

Optamos por ir de cena, un poco más lejos de casa. Era necesario cambiar de aires, la nuestra es una ciudad muy ajetreada, y más con los turistas. Además, había estado investigando y fantaseando con la idea de visitar sitios diferentes, y era la noche perfecta.

La cena estuvo aceptable, base de tapas de la gastronomía más nuestra, aderezada con un buen Albariño. Mientras cenábamos, no podía parar de verlo, me imaginaba cómo lo abordaría al salir de allí. El vino se me había subido un poco a la cabeza. Es curioso, hay a quien le afecta negativamente, a mí me activa la líbido y no puedo pensar en otra cosa más que en abandonarme al placer. Me deshinibo y elimina mis cadenas.

Comencé a pasar la punta de mis pies por sus piernas por debajo de la mesa y jugueteaba con sus dedos mientras me mordía el labio inferior. Soy juguetona y me gusta calentar mucho a mi víctima antes de proceder a la pasión desmedida. Me llevo su dedo índice a mis labios y lo chupo muy sutilmente. Estamos en un sitio público y no quiero escandalizar al resto de la clientela. Le guiño el ojo y él ya sabe que algo muy placentero vendrá a continuación. Me acerco un poco y le susurro mi plan: esa noche visitaremos un club liberal.

Tego una mente muy abierta pero apenas tengo experiencia en el terreno sexual. Soy creativa y muy dispuesta a toda proposición que aporte placer, y eso lo compensa.

Esa noche estaba muy nerviosa, dudaba; pero por otro lado, estaba deseando ir. Llevaba un vestido largo y escotado con unas sandalias de tacón y me había arreglado bastante. Maquillaje, labios rojos, pelo suelto, largo y liso. Ropa interior de encaje y un liguero con unas medias de blonda a juego. Me sentía bien, estaba lista para la acción.

Para que mi acompañante no se quedase atrás, fui animando nuestro viaje en coche con una buena mamada. Conseguí desabrochar cinturón y pantalones dos minutos antes de llegar a destino, lo justo y suficiente para succionar y lamer esa polla tan jugosa.

Llegamos a la puerta de un chalet y timbramos al telefonillo. Nos atendió una voz masculina que nos dio indicaciones para aparcar. Dejamos el coche en una explanada y pudimos ver una casa preciosa, con un jardín muy bien cuidado y unas ventanas opacas, que impedían entrever lo que ocurría dentro. Unas parejas charlaban animadamente en una terraza y otras estaban sentadas en el porche, observando. Algo dentro de mí me decía que no debería estar ahí, pero ya no había marcha atrás. Cogí su mano muy fuerte y le susurré que no me dejase sola, que tenía miedo. Me pasó un brazo por el hombro y me dijo:

«No vamos a hacer nada que tú no quieras.»

Entramos y en el hall había bastante ajetreo. Se veía todo muy normal, salvo alguna mujer que se paseaba semidesnuda con un body de red o algún corset muy escotado que contenía a duras penas dos pechos enormes. Nada de supermodelos: allí la gente era flaca, gorda, grande, pequeña, como en cualquier otro sitio. Las luces eran bajas, pero te acostumbras a la escasez de luz enseguida.

Hasta ahí, todo tranquilo. A nuestra derecha, estaba la barra donde dejamos nuestras pertenencias. Las camareras, muy sonrientes y muy ligeras de ropa, nos pusieron un delicioso cóctel de bienvenida que se incluía con la entrada. Nos llevamos nuestras copas y nuestra cara de susto por el interior de la planta baja y fuimos descubriendo pequeños rincones. Había un salón principal, con varios sofás repartidos por el espacio y unas mesas bajas. Lo inquietante era la cortina negra que ocultaba una zona al fondo. Había otra terraza posterior, y unas escaleras donde se exhibía una vitrina con una interesante colección de juguetes eróticos: plugs, vibradores, cinturones de strap-on, esposas, fustas… Bajando, había un jacuzzi, otra barra con un salón y las mazmorras. Y subiendo, cuatro habitaciones grandes: 3 con puerta y una abierta en la que entramos, cubierta de colchones, con una especie de cortina transparente que daba paso a otra estancia. Tras esa cortina, se estaban montando un trío delante de todo aquel que quisiera verlo. Un chico estaba follándose a una chica por detrás mientras ésta le mamaba el coño a otra que tenía delante. Me resultaba todo muy confuso, y a la vez excitante: les estaba viendo mucha gente y ellos seguían dándole, como si nada ocurriese a su alrededor. La chica que estaba siendo penetrada gemía mientras el coño de otra mujer ocupaba su boca. Plas, plas, sonaba fuerte, follaban como animales pero de un modo muy impersonal. Creo que les faltaba «alma».

Si una cortina estaba corrida,no se podía participar. En caso contrario, en aquel habitáculo dentro de la habitación de los colchones podría entrar cualquiera.

Hay un código obvio: no es no. Aunque puedas participar, puede ser que haya alguien a quien le desagrades y no podrás entrar  en su juego.

Y siempre hay preservativos, toallas y sábanas limpias a disposición de los clientes. La higiene es muy importante. En los baños tampoco falta detalle: un arsenal de geles y champús de varios tipos y aromas. Está todo pensado al milímetro.

Un poco abrumados, decidimos bajar hasta el jardín. Había una piscina y una cama balinesa enorme. Una pareja retozaba encima pero no habían comenzado a follar como salvajes. Me estaba calentando demasiado, quería follármelo ya delante de todos… No me apetecía un intercambio, soy una mujer muy selectiva, pero no estaba cerrada a todo. Allí podíamos liberarnos al aire libre, sin obstáculos, sin amonestaciones. Sin soltar su mano, le sugerí ocupar un sofá algo apartado y lo senté en él, acto seguido me senté encima. Mis bragas finas podían notarlo todo, pero todavía tenía que calentarlo algo más. Muevo mi culo sobre sus piernas y le beso con ansias. Mi lengua busca la suya. Me doy cuenta de que tenemos expectación, pero no me importa. Que miren y que sientan envidia, me voy a follar a un dios del sexo. Le pido que me mire sólo a mí, que van a poder ver lo bien que me folla. Consigo liberar su polla, aparto mis bragas a un lado y allí, en medio de varias parejas, me lo follo. Reboto en la silla directa al grano. Pero no quiero terminar ahí, es sólo un juego.

Ya recompuestos de dar nuestro primer espectáculo nos dirigimos a la barra del «sótano», y allí nos encontramos con una pareja muy agradable que nos explica un poco cómo funciona esto del mundo liberal. El hombre nos ofrece pasar un buen rato con su señora, a cambio, él presenciará la escena. La verdad es que no son de mi gusto y prefiero declinar la invitación. En una pared del fondo, puedo ver cómo un hombre joven se oculta tras una puerta y saca su pene por un agujero mientras se masturba. Es un glory hole, y es la primera vez que lo veo en directo. Se la menea con ansias, tiene una polla normalita, me gusta más la de «él». Una chica se separa de su pareja y allí, delante de todos, empieza a lamer. De rodillas, puede verse que no lleva ropa interior. Los demás le jalean y le animan:

«¡Así se chupa, succiona fuerte,muñeca!»

La chica se separa un poco y recibe un chorro de semen en la cara, el cual limpia con el dorso de su mano y relame con gusto.

Hemos entrado en un auténtico antro de perversión. Es algo que genera una mezcla de repulsión y excitación a partes iguales. No consigo decantarme por un intercambio pero me apetece seguir viendo.

De vuelta en la «sala de baile», quiero descubrir qué hay tras las cortinas. Lo arrastro hasta allí (o no, él también siente mucha curiosidad) y veo a varias parejas rozando sus cuerpos. Alguna está arrodillada y entretenida con una felación, otros dos le meten los dedos a una chica de minifalda que se retuerce de placer, otros simplemente están pegándose el lote en medio de todo. Y, en una esquina de la pista oculta, hay unos barrotes tras los cuales se encuentran hombres que han venido solos. Me apetece bailar y empiezo a mover mis caderas acompañadas por mis brazos. Me insinúo y giro, me encanta moverme a mis anchas. Una mano a mi espalda se hace hueco entre mis piernas y me levanta el vestido. Otra mano me toca un pecho y busca el pezón para poder apretarlo. Todo esto ocurre delante de él, que no deja de comerme la boca y está empezando a ponerse celoso. Me aparta de todos me da la vuelta y me empuja contra la pared. Y allí, sin explicaciones, busca mi sexo con su mano de manera que deja mi culo a la vista de todos. Los mueve de modo acelerado, como a mí me gusta. No puedo evitar gemir, pedirle que no pare. Me meo del gusto, y un chorro sale disparado al suelo. No frena y allí mismo, aprisionada entre su cuerpo y la pared, empieza a follarme como un animal.

«No pares. Nadie me folla como tú.»

Me abandono al placer y siento un orgasmo muy intenso, tanto, que me tiemblan las piernas. Mira alrededor, desafiante, y me coge de la mano.

«Vamos a un colchón, de aquí no me marcho sin correrme dentro de ti».

Me arrastra hasta la planta superior, donde acaba de quedar una habitación libre. Dentro hay un columpio y un sillón tantra, una cama enorme y una cruz de San Andrés. Cierra la puerta (no va a participar nadie) y me acerca al columpio. Me quita el vestido, me engancha bien y saca su polla ante mi vista para dejarla a punto. No puedo hacer nada, estoy a su merced. Pero me encanta. Da un tirón y rompe mis bragas de encaje. Está eufórico, quiere darlo todo y no dejar que intervenga. Me está castigando. Unos cuantos azotes lo demuestran, y quiero más, más fuerte, me pone muy caliente. Balancea el columpio y se queda mirando mientras su mano se mueve frenéticamente, endureciendo su polla, dejando que se me caiga la baba al verlo. Se arrodilla y me lame el coño, moviendo el columpio despacio, bien abierta de piernas para él. Ummmmm, lo hace tan bien… Se levanta y coloca su polla en el lugar donde antes estaba su boca y empuja. Me columpia. Le pido que me suelte pero él no quiere, le apetece torturarme con lo que mejor sabe hacer. Empuja y mi culo rebota, me balanceo y vuelve dentro de mí. Vuelve a empujar y acelera el ritmo. Me folla duro, no escucha mus súplicas, no piensa soltarme. Su mirada se vuelve oscura, me agarra mientras oscilo, me devora la boca, me besa con ganas. Pero no para y me voy a correr. Se lo digo y acelera más. Me corro, es insoportable, no hay marcha atrás. Escucho cómo gruñe y cambia su expresión, noto el líquido caliente que deposita en mi coño y da unos últimos empujones. Me libera y me caigo, estoy rota de placer. Me ayuda a levantarme y nos vamos a dar una ducha, antes de huir de allí.

Otro día me apetecerá participar e interactuar con otros hombres, con otras parejas. O no. Creo que no era un buen momento, a pesar del morbo generado. Puedo ser viciosa, pero me gustar seleccionar a mis víctimas, no soy mujer para cualquiera.

Nos vamos para casa pero sé que, por la mañana, me cobraré mi venganza…