Marzo del 2021. Ya liberada de toda atadura con mi ex, y a un mes de recibir los papeles de mi separación, comenzaron a mejorar los casos de COVID y el gobierno autonómico anunciaba próximas medidas de alivio. Una semana antes de que entrasen en vigor, yo ya no aguantaba más la espera.
Había estado alojada todo ese tiempo (desde octubre) en casa de mi madre, y aprovechando que ésta trabajaba en horario nocturno, le enviaba grabaciones masturbándome. Todo mi arsenal de juguetes estaba a buen recaudo, en el almacén de mi local, y solamente tenía que escoger alguno a diario y esconderlo en el bolso. Poner la cámara en la cama, desnudarme ante ella y jugar con mi coñito como si él estuviese delante. Activar el máximo de potencia del vibrador, acariciar mi clítoris, empujarlo para que entrase… Era todo un poco frío, pero mis necesidades de placer son amplias y sin «carne», los juguetes volvieron a convertirse en mis mejores aliados. Al día siguiente, el juguete tendría que volver de vuelta al local, a salvo de manos curiosas.
Volver a vivir en casa materna, después de 13 años, se me hizo pesado; pero era donde podía alojarme mientras no encontraba un piso cerca del trabajo.
Durante estos meses creé perfiles en algunas webs de contactos, pero, como dicen mis amigas: «el mercado está fatal». De alguna acabé aburrida, de otras asustada por los perfiles de energúmenos en concentración elevada, y así sucesivamente. Seguiría intentándolo más adelante, pero, a día de hoy, siguen sin aportarme nada. Me he cansado de fanfarrones y fotopollas, tíos guapísimos y narcisistas, hombres atractivos pero aburridos. Me he vuelto tan exigente que no hay ninguno que me aporte nada en especial. Pero es que necesito serlo, después de todo lo vivido.
Necesitaba verle. Después de investigar las normas y parámetros de aplicación, conseguí averiguar que el hecho de ser autónomo me permitía viajar fuera de los cierres perimetrales siempre y cuando aportase documentación relativa. ¡Qué tarde me había enterado! Sin más, le propuse encontrarnos un viernes muy temprano, tendría que coger el tren que salía a las 6:35 de la estación situada a 10 mnts de donde vivía, pero a cambio del madrugón, estaría 5 horas seguidas con él. Necesitaba tiempo, ansiaba tocarle, lamerle, follarle, darle todo el placer del mundo. La noche anterior apenas conseguí conciliar el sueño, estaba nerviosa por el hecho de que me pidiesen identificación o no me dejasen subir. Tenía que verlo, como fuese.
El día amaneció mucho después de que me pusiese en camino. Sabía que la estación estaba en obras y era la primera vez que tendría que acceder por uno de los futuros accesos permanentes que tendría la mole arquitectónica de la estación intermodal y centro comercial. Bajé un poco más deprisa las escaleras mecánicas y llegué al dispositivo que emitía los billetes de tren. Ya lo tenía en mi poder, un poco más y estaría en el vagón rumbo al ansiado destino.
Después de un breve tiempo de espera, pasé el control con una bolsa cargada de gel lubricante y algún juguetito sin que me llamasen la atención al respecto y me encaminé al último tramo de escaleras. Iba más despacio, llevaba un body con medias incorporadas y una cremallera que comenzaba en mi pecho y terminaba en mi entrepierna por encima de un vestido mini ajustado. Por el rabillo del ojo, vi como algún transeúnte me observaba fijamente, no sabía si estaría llamando excesivamente la atención con mi vestidito así que me tapé un poco. Mis bragas empezaban a mojarse antes de arrancar el tren, estaba impaciente. Le envié unas fotos de mis piernas y él me envió una de su erección. ¡Qué ganas de tocarle!
Llegué a destino y casi tengo que bajar corriendo, pues tales eran mis ansias por verle. Allí estaba con su coche nuevo, esperando en el parking, como siempre. Estaba muy húmeda, el simple hecho de saber de nuestro encuentro hace que me ponga muy caliente. Podría tenerle a 10 metros y estar excitada, así es el efecto que ejerce en mí y que perdura en el tiempo.
Ya en el asiento del copiloto, me abalancé sobre él y dejé que mi boca le poseyera, jugando con nuestras lenguas y dejando que nuestras manos cobraran vida propia. Metió sus dedos entre mis piernas y apretó, necesitaba que me penetrase ya, estaba empapada. No pude resistirme a bajar y liberar su polla para después devorarle con ganas, mamando como si no hubiese un mañana y a plena vista, ya que no fue capaz de apagar la luz interior del coche. En cuanto me incorporé, me llamó la atención sobre un operario que observaba el coche a lo lejos y me invadió cierto pudor.
«¿Le conoces?».
«No.»
«Pues yo tampoco.»
Arrancó el motor y me llevó a otro lugar y, cómo no, se la fui chupando durante el trayecto. Quería saborearlo a fondo, hacía mucho tiempo ya…
Llegamos a una explanada frente a un campo de fútbol. Todavía era muy temprano y no había amanecido, la luna llena brillaba sobre un cielo totalmente despejado y la temperatura era bastante agradable a pesar de la época del año en la que nos encontrábamos.
Bajé la cremallera del body y expuse mi coño a su disposición, para que metiera sus dedos y notase lo mojada que estaba. Me encantan sus manos, grandes, hábiles, más de una vez me he corrido en ellas. Y no hace más que mejorar, he estado a punto de tener un squirt sobre ellas. Su lengua lame mi coño como si se tratase de un manjar y mi clítoris palpita. Quiero más. Lo quiero todo, todo para mí, durante el poco tiempo que estamos juntos. Salimos del coche ya muy cachondos. Una de mis fantasías más anheladas era follar en el capó de un coche, y esa mañana iba a pasar a la lista de las ya cumplidas. Me recostó sobre el capó, ya con el body abierto en mi coñito y allí mismo metió su boca. Me lamió, me succionó, me transportó al paraíso. Y no podría aguantar mucho más, introdujo su polla en mi coño empapado. Como siempre, el placer infinito de la primera penetración es indescriptible, muy placentero, pero en ese lugar era mejor todavía. Empujó con ganas y me hizo sentir en el cielo, me llena con su polla gruesa, se mueve como nadie, me hace sentir tanto placer…
«Mira la Luna, está tan bonita como tú.»
Y allí, con el satélite blanco como testigo, sucumbí al placer que me daba. Llegado el momento, suelo entrar en una especie de trance en el que no me importa nada, sólo nuestros cuerpos. Abierta de piernas, con el abrigo y el vestido puesto pero mi coño a su disposición gracias a un body con cremallera, notaba todas y cada una de sus embestidas con el placer que da el anhelo, el deseo a distancia. Me dio la vuelta y siguió follándome con ganas. Recuerdo que intentaba taparme pero yo no tenía frío, sino todo lo contrario, tenía demasiado calor.
«Voy a correrme. Ufffff…»
«Córrete. Quiero correrme contigo.»
Lo cierto es que ya llevaba más de un orgasmo, mi cuerpo reaccionaba a su roce, me encantaría poder follar todo el día (con sus pausas esenciales), nunca me cansaría de él. Comenzó a agitar la respiración, escuchaba sus gruñidos, lo notaba muy excitado y allí mismo, echada sobre el capó y con una carretera a nuestras espaldas, me llenó de su leche. Ése momento es sublime, su polla se endurece muchísimo, se tensa, respira agitado, su rostro se dulcifica y se abandona al placer y su semen se cuela con una sensación ardiente, quema. Me lo da todo.
Nos arreglamos un poco y el resto de la mañana la pasamos en un motel. Estaba algo cansada de no haber dormido bien, pero quería seguir disfrutando todo lo posible de su compañía. Me gusta cabalgar en su polla, enjabonarle en la ducha y arrodillarme para chupársela (tiene un sabor delicioso), que me ponga a cuatro patas y me folle como un animal… Todo es delicioso si es él quién lo hace.
A la semana siguiente se abrieron los cierres perimetrales y pudimos vernos más a menudo. Tenía una lista de asuntos pendientes y entre encuentro y encuentro en moteles, hemos pasado por situaciones muy divertidas.
Continuará. Y seguirá siendo tan divertido o más.