Después de los meses del verano post- confinamiento, volvimos a vernos una vez más. Era un domingo de septiembre, hacía bochorno y el cielo estaba encapotado. Salí de casa con la excusa de ir a ordenar y preparar la jornada del día siguiente en mi local. Mi marido estaba especialmente espabilado esa mañana pero dejé solo y me marché caminando muy rápido, ya llegaba tarde y no quería hacerle esperar. Tenía muchas ganas de tenerle dentro, se me hizo un mes muy duro sin poder tocarle. Lo necesitaba, ansiaba su cuerpo.
Al llegar, estaba esperando en la puerta. Desde la acera de enfrente, un escalofrío me recorrió el cuerpo y los segundos que tardé en cruzar se me hicieron eternos. Intenté mantener la compostura para no atacarle en la calle ya que le tenía muchas ganas. Entrando en el local me llevó hasta un hueco detrás de unas verjas de madera que dividen visualmente el espacio y donde colocaba habitualmente unas sillas altas. Sin mediar palabra, me dio un beso con lengua, dándome a entender lo que me esperaba a continuación. Había ganas, y muchas, y no dio tiempo a rechistar. En un par de movimientos, tenía mi coño a su disposición, listo para ser saboreado por esa lengua que sabía cómo buscar mi placer. Paró, abrió un poco más mis piernas, sacó su polla y me penetró sin mediar palabra. Me quedé impresionada, quería pararle porque podían vernos al otro lado, desde la calle, pero fue tal la sensación que no fui capaz. Esa primera entrada me encendió más de lo que ya estaba, quería que me follase duro allí mismo, me encantaba sentirlo tan dentro y tan caliente… Estaba muy mojada y notaba cómo se deslizaba dentro. Era delicioso, sólo me apetecía agarrarle del culo para evitar que se escapase. Cada vez que alguien se paraba en el escaparate, paraba un poco y seguía. En un momento dado, se separó y nos dirigimos al fondo, donde no pudiésemos ser vistos, y seguimos follando. Me encantan las mañanas con él, hace que dos horas equivalgan a 5 minutos. Soy capaz de correrme una decena de veces y seguiría un día entero, aún con pausas, creo que nunca me cansaría de tenerlo dentro.
Y llegó octubre. De nuevo, otro domingo de mañana, sólo que ese día sí que ciertamente iba a ordenar el almacén. Aproveché para hacerle un streaptease, grabarlo y enviárselo; como hacía a menudo. Desconocía que lo que iba a ocurrir esa tarde cambiaría mi vida para siempre. Ya de tarde, salí a pasear con mis amigas y nuestros perros, una actividad de lo más inocente y volví tan contenta a casa que me despisté de borrar las conversaciones del móvil y de llevarlo conmigo mientras bañaba a mis peludos. Estaba al final de mi matrimonio y, aunque la fecha marcada para mi partida era a la semana siguiente, todo se aceleró. Sonó una llamada que no escuché, salí del baño y me encontré a mi marido fisgoneando en mi teléfono. Lo había subestimado, aprendió la clave de desbloqueo y allí estaba viéndolo todo. Me había descubierto. Mostró el vídeo con la grabación de esa mañana y lo acompañó con un montón de barbaridades salidas de su propia boca. Hizo ademán de levantarme la mano y tuve que prepararme para recibir un golpe que nunca llegó, estaba en clara desventaja, él era mucho más grande y no tenía escapatoria. Bajó la mano y, muy serio, me echó de casa. Fue el principio del fin y ahora sé que debería haberlo hecho mucho tiempo atrás.
Llevaba meses haciendo una mudanza a mi manera, sutil y silenciosamente. Todo estaba pensado y se lo dije a mi «carcelero». El hecho de que me descubriesen era un detalle que había acelerado mi partida, la fecha estaba fijada de antemano para la siguiente semana. Llené dos maletas con lo que pude recopilar, cogí a los perros, a los pájaros, a mi dignidad y 20 años de relación tóxica (la mitad de mi vida) y me marché de allí. Lo que vino después está borroso, y no recuerdo con exactitud el proceso, sólo sé que vivía en una nube y pensaba que aquello era una pesadilla de la que no conseguía despertar.
No me arrepiento de nada, la infidelidad me devolvió las ganas de vivir, impidió que me apagase por completo. Soy como una llama que no se apaga, y he estado a punto de extinguirme. He descubierto rincones placenteros de mi cuerpo, hice realidad muchas fantasías (y las que me quedan), reviví el morbo de la clandestinidad y volví a disfrutar del sexo. Sentirse deseada de nuevo es una sensación muy grata, y más cuando durante todos esos años de matrimonio se generaron tantos complejos absurdos. No sólo fue un cambio de rutina, fue una liberación. En resumen: reviví (del todo), me sentí poderosa y puse fin a aquel calvario.
El viernes siguiente a mi partida, habíamos quedado para vernos. Pero, en ese momento, urgían otros asuntos: la mudanza, abogados, papeleos de la niña, etc… Necesitaba tener la cabeza centrada.Me arrepentí de no haberle visto, porque, de nuevo, volverían a prohibirnos la movilidad por nuestra comunidad; y, por lo tanto, no lo tocaría en meses. Y se me pasó tan lento… Vivir en la casa materna de nuevo fue toda una odisea, aunque al principio dormía noches sola y podía masturbarme con mis juguetes (y mostrárselo todo en vídeo). Poco duró esa sensación de libertad, puesto que mi madre dejó de trabajar por las noches, viéndome obligada a buscar escondites para hacernos alguna que otra videollamada que no calmaba el creciente deseo. Eran demasiadas las ganas. Aunque me gustan los juguetes, no hay nada que sustituya a la carne. Me gusta jugar con los dedos tocando fugazmente el clítoris, golpeándolo suavemente, e introducir el dedo corazón en mi vagina, al que le siguen los otros dos dedos adyacentes. Cuando quiero más, activo mi vibrador favorito y lo dejo posado sobre los labios externos, empujando muy lento y moviendo hacia los lados, abriéndose paso. Y, cuando ya estoy bien mojada, lo introduzco y le doy unos meneos. Me gusta ponerlo al máximo de vibración, adoro las sensaciones fuertes. Lo empujo, lo saco, observo cómo se empapa, lo vuelvo a meter y así sucesivamente, hasta que llego al orgasmo fantaseando con la idea de que es él quien me posee.
De enero a marzo tuve que aguantarme las ganas. Pero nos reencontramos cuando la situación se calmó. Lo que viene a continuación, es el germen de otro capítulo.
Todavía recuerdo lo excitados que estábamos y el morbazo de hacerlo en la silla.
Y lo que vino después…. Grrrrr
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Ummmmm…
Tuviste una idea genial, eres único.
Ay, ya me apeteces otra vez.
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