Era un sábado de verano. Hacía calor, y las noches se aprovechaban mejor que el día. Era muy gratificante poder sentarse tranquilamente en una terraza y conversar con una copa en la mano. O dar un paseo por la playa, de noche, sintiendo la brisa acariciando el cuerpo. O probar un restaurante nuevo. Cualquier plan es perfecto en esta época del año, sobretodo si no llueve.
Optamos por ir de cena, un poco más lejos de casa. Era necesario cambiar de aires, la nuestra es una ciudad muy ajetreada, y más con los turistas. Además, había estado investigando y fantaseando con la idea de visitar sitios diferentes, y era la noche perfecta.
La cena estuvo aceptable, base de tapas de la gastronomía más nuestra, aderezada con un buen Albariño. Mientras cenábamos, no podía parar de verlo, me imaginaba cómo lo abordaría al salir de allí. El vino se me había subido un poco a la cabeza. Es curioso, hay a quien le afecta negativamente, a mí me activa la líbido y no puedo pensar en otra cosa más que en abandonarme al placer. Me deshinibo y elimina mis cadenas.
Comencé a pasar la punta de mis pies por sus piernas por debajo de la mesa y jugueteaba con sus dedos mientras me mordía el labio inferior. Soy juguetona y me gusta calentar mucho a mi víctima antes de proceder a la pasión desmedida. Me llevo su dedo índice a mis labios y lo chupo muy sutilmente. Estamos en un sitio público y no quiero escandalizar al resto de la clientela. Le guiño el ojo y él ya sabe que algo muy placentero vendrá a continuación. Me acerco un poco y le susurro mi plan: esa noche visitaremos un club liberal.
Tego una mente muy abierta pero apenas tengo experiencia en el terreno sexual. Soy creativa y muy dispuesta a toda proposición que aporte placer, y eso lo compensa.
Esa noche estaba muy nerviosa, dudaba; pero por otro lado, estaba deseando ir. Llevaba un vestido largo y escotado con unas sandalias de tacón y me había arreglado bastante. Maquillaje, labios rojos, pelo suelto, largo y liso. Ropa interior de encaje y un liguero con unas medias de blonda a juego. Me sentía bien, estaba lista para la acción.
Para que mi acompañante no se quedase atrás, fui animando nuestro viaje en coche con una buena mamada. Conseguí desabrochar cinturón y pantalones dos minutos antes de llegar a destino, lo justo y suficiente para succionar y lamer esa polla tan jugosa.
Llegamos a la puerta de un chalet y timbramos al telefonillo. Nos atendió una voz masculina que nos dio indicaciones para aparcar. Dejamos el coche en una explanada y pudimos ver una casa preciosa, con un jardín muy bien cuidado y unas ventanas opacas, que impedían entrever lo que ocurría dentro. Unas parejas charlaban animadamente en una terraza y otras estaban sentadas en el porche, observando. Algo dentro de mí me decía que no debería estar ahí, pero ya no había marcha atrás. Cogí su mano muy fuerte y le susurré que no me dejase sola, que tenía miedo. Me pasó un brazo por el hombro y me dijo:
«No vamos a hacer nada que tú no quieras.»
Entramos y en el hall había bastante ajetreo. Se veía todo muy normal, salvo alguna mujer que se paseaba semidesnuda con un body de red o algún corset muy escotado que contenía a duras penas dos pechos enormes. Nada de supermodelos: allí la gente era flaca, gorda, grande, pequeña, como en cualquier otro sitio. Las luces eran bajas, pero te acostumbras a la escasez de luz enseguida.
Hasta ahí, todo tranquilo. A nuestra derecha, estaba la barra donde dejamos nuestras pertenencias. Las camareras, muy sonrientes y muy ligeras de ropa, nos pusieron un delicioso cóctel de bienvenida que se incluía con la entrada. Nos llevamos nuestras copas y nuestra cara de susto por el interior de la planta baja y fuimos descubriendo pequeños rincones. Había un salón principal, con varios sofás repartidos por el espacio y unas mesas bajas. Lo inquietante era la cortina negra que ocultaba una zona al fondo. Había otra terraza posterior, y unas escaleras donde se exhibía una vitrina con una interesante colección de juguetes eróticos: plugs, vibradores, cinturones de strap-on, esposas, fustas… Bajando, había un jacuzzi, otra barra con un salón y las mazmorras. Y subiendo, cuatro habitaciones grandes: 3 con puerta y una abierta en la que entramos, cubierta de colchones, con una especie de cortina transparente que daba paso a otra estancia. Tras esa cortina, se estaban montando un trío delante de todo aquel que quisiera verlo. Un chico estaba follándose a una chica por detrás mientras ésta le mamaba el coño a otra que tenía delante. Me resultaba todo muy confuso, y a la vez excitante: les estaba viendo mucha gente y ellos seguían dándole, como si nada ocurriese a su alrededor. La chica que estaba siendo penetrada gemía mientras el coño de otra mujer ocupaba su boca. Plas, plas, sonaba fuerte, follaban como animales pero de un modo muy impersonal. Creo que les faltaba «alma».
Si una cortina estaba corrida,no se podía participar. En caso contrario, en aquel habitáculo dentro de la habitación de los colchones podría entrar cualquiera.
Hay un código obvio: no es no. Aunque puedas participar, puede ser que haya alguien a quien le desagrades y no podrás entrar en su juego.
Y siempre hay preservativos, toallas y sábanas limpias a disposición de los clientes. La higiene es muy importante. En los baños tampoco falta detalle: un arsenal de geles y champús de varios tipos y aromas. Está todo pensado al milímetro.
Un poco abrumados, decidimos bajar hasta el jardín. Había una piscina y una cama balinesa enorme. Una pareja retozaba encima pero no habían comenzado a follar como salvajes. Me estaba calentando demasiado, quería follármelo ya delante de todos… No me apetecía un intercambio, soy una mujer muy selectiva, pero no estaba cerrada a todo. Allí podíamos liberarnos al aire libre, sin obstáculos, sin amonestaciones. Sin soltar su mano, le sugerí ocupar un sofá algo apartado y lo senté en él, acto seguido me senté encima. Mis bragas finas podían notarlo todo, pero todavía tenía que calentarlo algo más. Muevo mi culo sobre sus piernas y le beso con ansias. Mi lengua busca la suya. Me doy cuenta de que tenemos expectación, pero no me importa. Que miren y que sientan envidia, me voy a follar a un dios del sexo. Le pido que me mire sólo a mí, que van a poder ver lo bien que me folla. Consigo liberar su polla, aparto mis bragas a un lado y allí, en medio de varias parejas, me lo follo. Reboto en la silla directa al grano. Pero no quiero terminar ahí, es sólo un juego.
Ya recompuestos de dar nuestro primer espectáculo nos dirigimos a la barra del «sótano», y allí nos encontramos con una pareja muy agradable que nos explica un poco cómo funciona esto del mundo liberal. El hombre nos ofrece pasar un buen rato con su señora, a cambio, él presenciará la escena. La verdad es que no son de mi gusto y prefiero declinar la invitación. En una pared del fondo, puedo ver cómo un hombre joven se oculta tras una puerta y saca su pene por un agujero mientras se masturba. Es un glory hole, y es la primera vez que lo veo en directo. Se la menea con ansias, tiene una polla normalita, me gusta más la de «él». Una chica se separa de su pareja y allí, delante de todos, empieza a lamer. De rodillas, puede verse que no lleva ropa interior. Los demás le jalean y le animan:
«¡Así se chupa, succiona fuerte,muñeca!»
La chica se separa un poco y recibe un chorro de semen en la cara, el cual limpia con el dorso de su mano y relame con gusto.
Hemos entrado en un auténtico antro de perversión. Es algo que genera una mezcla de repulsión y excitación a partes iguales. No consigo decantarme por un intercambio pero me apetece seguir viendo.
De vuelta en la «sala de baile», quiero descubrir qué hay tras las cortinas. Lo arrastro hasta allí (o no, él también siente mucha curiosidad) y veo a varias parejas rozando sus cuerpos. Alguna está arrodillada y entretenida con una felación, otros dos le meten los dedos a una chica de minifalda que se retuerce de placer, otros simplemente están pegándose el lote en medio de todo. Y, en una esquina de la pista oculta, hay unos barrotes tras los cuales se encuentran hombres que han venido solos. Me apetece bailar y empiezo a mover mis caderas acompañadas por mis brazos. Me insinúo y giro, me encanta moverme a mis anchas. Una mano a mi espalda se hace hueco entre mis piernas y me levanta el vestido. Otra mano me toca un pecho y busca el pezón para poder apretarlo. Todo esto ocurre delante de él, que no deja de comerme la boca y está empezando a ponerse celoso. Me aparta de todos me da la vuelta y me empuja contra la pared. Y allí, sin explicaciones, busca mi sexo con su mano de manera que deja mi culo a la vista de todos. Los mueve de modo acelerado, como a mí me gusta. No puedo evitar gemir, pedirle que no pare. Me meo del gusto, y un chorro sale disparado al suelo. No frena y allí mismo, aprisionada entre su cuerpo y la pared, empieza a follarme como un animal.
«No pares. Nadie me folla como tú.»
Me abandono al placer y siento un orgasmo muy intenso, tanto, que me tiemblan las piernas. Mira alrededor, desafiante, y me coge de la mano.
«Vamos a un colchón, de aquí no me marcho sin correrme dentro de ti».
Me arrastra hasta la planta superior, donde acaba de quedar una habitación libre. Dentro hay un columpio y un sillón tantra, una cama enorme y una cruz de San Andrés. Cierra la puerta (no va a participar nadie) y me acerca al columpio. Me quita el vestido, me engancha bien y saca su polla ante mi vista para dejarla a punto. No puedo hacer nada, estoy a su merced. Pero me encanta. Da un tirón y rompe mis bragas de encaje. Está eufórico, quiere darlo todo y no dejar que intervenga. Me está castigando. Unos cuantos azotes lo demuestran, y quiero más, más fuerte, me pone muy caliente. Balancea el columpio y se queda mirando mientras su mano se mueve frenéticamente, endureciendo su polla, dejando que se me caiga la baba al verlo. Se arrodilla y me lame el coño, moviendo el columpio despacio, bien abierta de piernas para él. Ummmmm, lo hace tan bien… Se levanta y coloca su polla en el lugar donde antes estaba su boca y empuja. Me columpia. Le pido que me suelte pero él no quiere, le apetece torturarme con lo que mejor sabe hacer. Empuja y mi culo rebota, me balanceo y vuelve dentro de mí. Vuelve a empujar y acelera el ritmo. Me folla duro, no escucha mus súplicas, no piensa soltarme. Su mirada se vuelve oscura, me agarra mientras oscilo, me devora la boca, me besa con ganas. Pero no para y me voy a correr. Se lo digo y acelera más. Me corro, es insoportable, no hay marcha atrás. Escucho cómo gruñe y cambia su expresión, noto el líquido caliente que deposita en mi coño y da unos últimos empujones. Me libera y me caigo, estoy rota de placer. Me ayuda a levantarme y nos vamos a dar una ducha, antes de huir de allí.
Otro día me apetecerá participar e interactuar con otros hombres, con otras parejas. O no. Creo que no era un buen momento, a pesar del morbo generado. Puedo ser viciosa, pero me gustar seleccionar a mis víctimas, no soy mujer para cualquiera.
Nos vamos para casa pero sé que, por la mañana, me cobraré mi venganza…